martes, 15 de julio de 2008

Homosexualidad en Roma

Para comenzar, me gustaría destacar el hecho de que la palabra "homosexualidad" no tiene, en su sentido más estricto, un equivalente en latín. Pese a ese evidente prefijo griego ("homo", que aparece en cantidad de palabras españolas, significa "igual"), se trata de un término acuñado varios siglos después.

En realidad, los romanos nunca establecieron esa diferencia entre homosexuales, heterosexuales y bisexuales por razón de la persona a la que se dirigen los afectos, lo que se debe a la manera de entender el sexo de esta civilización. Por ello, resulta impreciso enunciar una frase como "la homosexualidad era tolerada en la Roma antigua", sencillamente porque se trataba de algo muy codificado, con reglas y excepciones.

Ante todo, es preciso comentar que la idea de los caracteres y el sexo giraba en Roma muy en torno al asunto del poder, lo que nos conduce a la división en papeles: el activo y el pasivo (el dominador y el dominado). Se consideraba que un hombre romano había de ejercer en todo momento el papel de dominador; encontramos aquí una extensión de la idea del poder y la dominación que impregnaba la cultura romana. Por tanto, que un ciudadano se sometiese a otro hombre, que se dejase penetrar, creaba en el mismo todo un estigma social, siendo considerado el sujeto en cuestión como un impudicus.

Los afectos que hoy designaríamos de carácter homosexual de los ciudadanos eran dirigidos en general a muchachos esclavos, a menudo escogidos para tal fin. En este sentido, se consideraba negativo que un joven romano se sometiese a un hombre, aunque hay discrepación en torno al rechazo social que esto inspiraba hacia el chico, existente de todos modos. La explicación a tal hecho se halla en el temor a que el joven creciera en el papel del sometido, con todo lo que de ello se derivaba.

En la literatura latina hallamos abundantes ejemplos de lo mencionado acerca de las relaciones entre amo y esclavo, con mucho las más abundantes de carácter homosexual, aunque existiesen las habituales y sonadas excepciones, como veremos luego. En Marcial, Juvenal, Horacio, Petronio, Tibulo y otros muchos escritores renombre situados en el período del último siglo de la República y el Alto Imperio, es frecuente hallar referencias a esto (de especial interés sería echar un vistazo a determinados Epigramas de Marcial, a algún fragmento de las Sátiras, o al Satiricón).

El hecho de que un ciudadano romano emplease a sus jóvenes esclavos para obtener placer no conllevaba ningún tipo de censura social, siempre y cuando el dueño ejerciese el papel dominador (en Marcial hay algunos textos que satirizan a sujetos que hacen exactamente lo contrario). Eran especialmente apreciados los muchachos procedentes de las zonas de Alejandría y Oriente, a juzgar por algunos textos. Cabe destacar que el esclavo no estaba protegido por la ley frente a los requerimientos sexuales de su propietario, al menos hasta un período muy posterior y situado ya en el umbral del Imperio Bizantino. El amo poseía todos los derechos sobre su herramienta parlante (modo con el que se designó al esclavo en algunos textos sobre agricultura en la línea de Catón); de esta manera, el jovencito adquiría un carácter de objeto, de instrumento.

Esto no quiere decir que algunos dueños no se encaprichasen de sus jóvenes amantes y llegasen a escribir (o a dejar que poetas escribiesen) epitafios a su muerte, manifestando una clara existencia de sentimientos hacia el adolescente. Sin embargo, este hecho no debe llevar a error. La relación entre un varón adulto y un muchacho que en Grecia resultaba ideal (el erastes y el eromeno) no era un patrón en la Roma antigua. Poco tenían que ver las relaciones de carácter homófilo con la libre elección de pareja, al menos por parte del esclavo, o con la idea de transmisión de conocimientos y experiencia que aparecía en Grecia.

Los jóvenes favoritos recibían frecuentemente el nombre de pueri delicati (puer delicatus, cuya traducción sería, utilizando los dos significados del adejetivo, muchacho mimado o muchacho delicado). Los escritores romanos no se han molestado en transmitirnos los sentimientos de estos chicos, pero parece adecuado entender que el único camino prudente era el de la sumisión, por trágico que esto resultase. Ocupaban un puesto relativamente envidiado y contaban con lejanas perspectivas de libertad (como, por ejemplo, el liberto Trimalción del Satiricón de Petronio).

En la historia de Roma hubo algunas notorias excepciones a lo expuesto. Por ejemplo, los detractores de Cayo Julio César se cebaron en atribuirle una supuesta aventura con el rey bitinio Nicomedes, en la que teóricamente se había dejado deshonrar. Del mismo modo, historiadores de la época, refieren una boda de Nerón con otro hombre, transgrediendo toda ley sagrada o civil y actuando, para escándalo del pueblo romano, el emperador como la esposa. Sin embargo, en este sentido aparece otra figura mucho más especial: Heliogábalo. Emperador de Roma, se cuenta que se consideraba sumamente femenino y que tuvo diversos amantes llegando a conservar una pareja estable (por supuesto, actuando siempre él como esposa). Esto dio lugar a todo tipo de historias morbosas y críticas al emperador, no demasiado querido, que culminó sus días asesinado.


En lo referente al lesbianismo, poco se ha escrito en los textos clásicos, como no fuera en tono condenatorio. En esto coincidieron tanto griegos como romanos, y en textos como los de Marcial o Luciano de Samósata, aparecen referencias en tono crítico, condenando tales prácticas como perversiones. Un prisma, como puede verse, muy distinto a aquel con el que se miraba lo que consideraríamos la relación homófila masculina más extendida.

(I) La copa Warren, uno de los pocos testimonios gráficos de sexo entre dos varones procedenetes de la antigua Roma que conservamos.
(II) Las rosas de Heliogábalo, de Lawrence Alma-Tadema.

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Muy interesante. Respecto a César, parece que esa supuesta deshonra fue un rumor difundido por algunos enemigos suyos. En cualquier caso, se pasó el resto de su vida demostrando a todos los maridos de Roma que no hacía ascos a ninguna mujer. En cuanto al rechazo del lesbianismo, no es de extrañar, porque no les haría ninguna gracia que una mujer pudiera "prescindir" de un varón en su relación sexual. ¿En qué lugar quedarían entonces esos varones dominantes?. Un abrazo.

Annula dijo...

Me interesa mucho el tema, y no me canso de leer cualquier cosa referente a ello, así que gracias por dedicarle una entrada. Muy agradables tus dos blogs. ¡Saludetes!

M@riel dijo...

Gracias por tu visita, Isabel; tu blog me tiene verdaderamente enamorada. A ti también, Annula; Grecia es otra de mis grandes pasiones y tu bitácora es verdaderamente maravillosa. En cuanto a lo que decís, tenéis razón, se trata de un tema muy interesante, aunque encontrar bibliografía específica sobre él en castellano no resulta muy sencillo (¡aunque no imposible!).