jueves, 11 de septiembre de 2008

El asesinato de César, según Plutarco

A modo de muy breve introducción, he de comentar que Plutarco de Queronea es un célebre autor nacido en esta ciudad de Beocia en torno al 46 d.C., que tuvo la oportunidad de estudiar en la Academia de Atenas y que llegó a enseñar en Roma.

Entre sus obras, encontramos las llamadas Obras morales y de costumbres, conjunto de textos que se presentan bajo el nombre de Moralia. En ellos trata distintos temas, incluyendo la religión, la política o la filosofía, utilizando diversos estilos como el diálogo.

Sus obras más célebres son, sin embargo, las Vidas paralelas, textos de carácter biográfico agrupados por parejas. En cada una de ellas aparece la figura de un personaje romano y la de un griego, a fin de comparar y constrastar virtudes y defectos. Plutarco ahonda a menudo en el carácter y la manera de ser de las personas cuya vida describe, incluyendo una profusión de anécdotas y detalles de este tipo. Desgraciadamente, en la actualidad no conservamos toda la obra de Plutarco, habiéndose perdido algunas de sus Vidas paralelas.

Uno de los personajes cuya vida describe Plutarco en una de sus biografías es Cayo Julio César, al que acompaña el personaje griego de Alejandro Magno. Al margen de recomendar fervientemente la lectura de estos dos textos, sumamente célebres, incluyo este fragmento en el que se describe la muerte de César. Al margen de la historicidad cuestionada de algunos datos, como frases o acciones llevadas a cabo por los personajes mencionados, el texto ha servido de guía o modelo a autores como William Shakespeare para trazar este momento final de la vida del gran personaje. De hecho, si tomamos la tragedia del autor inglés Julio César (la cual recomiendo a mis lectores, al igual que buena parte de la obra de Shakespeare, en la que aparecen piezas con tema clásico como Coriolano o Antonio y Cleopatra), veremos que la escena de la muerte de César tiene grandes paralelismos con el relato de Plutarco. Esto nos lleva a la celebérrima película Julio César (1953, Joseph L. Mankiewicz), versión filmográfica de la obra de Shakespeare y en la que, por evidentes razones, también hay analogías con este fragmento de la Vida de César.
Se trata de una descripción detallada, pese a los siempre cuestionables datos, también rica en dramatismo y en referencias a los sentimientos y emociones de los personajes.


"Artemidoro, natural de Cnido, maestro de lengua griega, y que por lo mismo había contraído amistad con algunos de los compañeros de Bruto, hasta estar impuesto de lo que se tenía tramado, se le presentó trayendo escrito en un memorial lo que quería descubrir; y viendo que César al recibir los memoriales los entregaba al punto a los ministros que tenía a su lado, llegándose, muy cerca le dijo a César: “Léelo tú sólo y pronto; porque en él están escritas grandes cosas que te interesan”. Tomólo, pues, César, y no le fue posible leerlo, estorbándoselo el tropel de los que continuamente llegaban, por más que lo intentó muchas veces; pero llevando y guardando siempre en la mano aquel solo memorial, entró en el Senado. Algunos dicen que fue otro el que se lo entregó, y que a Artemidoro no le fue posible acercarse, sino que por todo el tránsito fue estorbado de la muchedumbre. Todos estos incidentes pueden mirarse como naturales, sin causa extraordinaria que los produjese; pero el sitio destinado a tal muerte y a tal contienda, en que se reunió el Senado, si se observa que en él había una estatua de Pompeyo y que por éste había sido dedicado entre los ornamentos accesorios de su teatro, parece que precisamente fue obra de algún numen superior el haber traído allí para su ejecución semejante designio. Así, se dice que Casio, mirando a la estatua de Pompeyo al tiempo del acometimiento, le invocó secretamente, sin embargo de que no dejaba de estar imbuido en los dogmas de Epicuro; y es que la ocasión, según parece, del presente peligro engendró un entusiasmo y un afecto contrarios a la doctrina que había abrazado. A Antonio, amigo fiel de César y hombre de pujanza, lo entretuvo afuera Bruto Albino, moviéndole de intento una conversación que no podía menos de ser larga. Al entrar César, el Senado se levantó, haciéndole acatamiento; pero de los socios de Bruto, unos se habían colocado detrás de su silla y otros le habían salido al encuentro como para tomar parte con Tulio Cimbro en las súplicas que le hacía por un hermano que estaba desterrado, y, efectivamente, le rogaban también, acompañándole hasta la misma silla. Sentado que se hubo, se negó ya a escuchar ruegos, y como instasen con más vehemencia se les mostró indignado, y entonces Tulio, cogiéndole la toga con ambas manos, la retiró del cuello, que era la señal de acometerle. Casca fue el primero que le hirió con un puñal junto al cuello; pero la herida que le hizo no fue mortal ni profunda, turbado, como era natural, en el principio de un empeño como era aquél; de manera que, volviéndose César, le cogió y detuvo el puñal, y a un mismo tiempo exclamaron ambos: el ofendido, en latín: “Malvado Casca, ¿qué haces?” y el ofensor, en griego, a su hermano: “Hermano, auxilio”. Como éste fuese el principio, a los que ningún antecedente tenían les causó gran sorpresa y pasmo lo que estaba pasando, sin atreverse ni a huir ni a defenderlo, ni siquiera a articular palabra. Los que se hallaban aparejados para aquella muerte, todos tenían las espadas desnudas, y hallándose César rodeado de ellos, ofendido por todos y llamada su atención a todas partes, porque por todas sólo se le ofrecía hierro ante el rostro y los ojos, no sabía adónde dirigirlos, como fiera en manos de muchos cazadores, porque entraba en el convenio que todos habían de participar y como gustar de aquella muerte, por lo que Bruto le causó también una herida en la ingle. Algunos dicen que antes había luchado, agitándose acá y allá, y gritando; pero que al ver a Bruto con la espada desenvainada, se echó la ropa a la cabeza y se prestó a los golpes, viniendo a caer, fuese por casualidad o porque le impeliesen los matadores, junto a la base sobre que descansaba la estatua de Pompeyo, que toda quedó manchada de sangre; de manera que parecía haber presidido el mismo Pompeyo al suplicio de su enemigo, que, tendido, expiraba a sus pies, traspasado de heridas, pues se dice que recibió veintitrés; muchos de los autores se hirieron también unos a otros, mientras todos dirigían a un solo cuerpo tantos golpes".

(I) Asesinato de César en un cuadro de Camuccini.

2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

El asesinato de César es uno de los episodios dramáticos más sugestivos de la historia romana. A mí no deja de impresionarme siempre que lo leo, cualquiera que sea el autor, antigo o moderno, que lo refiera. Me conmueve profundamente. Se dice que la estatua de Pompeyo ante la cual cayó asesinado César es una que se encuentra actualmente en el salón del consiglio de un palacio romano (no recuerdo en este momento su nombre exacto), pero no he conseguido verla nunca, siempre me han puesto mil excusas... En fin, con este texto me has hecho revivir la emoción y la conmoción. Besos, querida amiga.

M@riel dijo...

Comparto tus impresiones, Isabel. A mí también me parece un momento dramático y conmovedor, acerca del cual no se ha escrito (ni filmado) precisamente poco... Es un placer leer de nuevo tus opiniones. Un fuerte abrazo.