lunes, 22 de septiembre de 2008

El banquete de Trimalción

Hace ya unos meses publiqué un breve artículo en relación al Satiricón de Petronio, pero no llegué a incluir un solo fragmento acerca de él. No me resisto a dejarles hoy estos pasajes del banquete de Trimalción, verdaderas y llamativas extravagancias culinarias.

"Estas magnificencias nos tenían deslumbrados. En ese momento apareció
Trimalción. Se le transportaba al son de la música y fue depositado en medio de pequeñísimos cojines.
Lo imprevisto de la escena nos hizo soltar la carcajada, y no era para menos: su
cráneo afeitado sobresalía de su palio escarlata. En sus hombros cargados
con el vestido se había puesto una servilleta con laticlavia, llena de flecos que
colgaban por todos lados. En el meñique de su izquierda tenía un gran anillo
ligeramente dorado y, en la última falange del anular, otro más pequeño que,
según se veía, era de oro macizo pero con una especie de estrellas de hierro
engastadas. y como no le había parecido bastante exhibir todo este lujo,
mostraba desnudo su brazo derecho para lucir un brazalete de oro y una pulsera de marfil abrochada con una placa de esmalte.
Después de mondarse los dientes con un alfiler de plata, nos dirigió estas
palabras:
-No me apetecía todavía, amigos míos, venir al triclinio pero lo he hecho para no incomodaros más con mi ausencia. Por vosotros me he abstenido de todas mis
diversiones. Me permitiréis, empero, terminar la partida.
El siervo lo seguía con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Todo
traslucía un refinamiento exquisito. En lugar de peones blancos y negros, tenía
monedas de oro y plata. Al jugar soltaba todo el repertorio de groserías propias
de tejedores.
Todavía no habíamos acabado las entradas cuando se nos sirvió un gran
repositorio con una cesta encima. En ella había una gallina de madera con las
alas desplegadas en torno como suelen hacerlo las cluecas. Luego se
aproximaron dos esclavos y, al son de la música, se pusieron a rebuscar en la
paja, y sacaron de abajo varios huevos de pavo real que fueron distribuidos a los comensales. Trimalción, contemplando esta escenificación, nos dijo:
-Amigos, he hecho incubar huevos de pavo real por una gallina y me temo, por
Hércules, que ya estén empollados. Probemos, sin embargo, si todavía son comestibles. Recibimos unas cucharas que por lo menos pesaban media libra, y
cascamos los huevos que estaban muy bien hechos de pasta. Casi arrojé mi
porción pues creí que ya estaba formado el pollo, pero oí decir a una vieja
comensal:
-No sé qué delicia debe de haber aquí.
Continué, pues, descascarándolo con la mano y me encontré con un gordísimo
papafigo arrebolado en salsa de yema de huevo y pimienta".

"Y añadió Trimalción: '¡Ay! ¡Miserables de nosotros! ¡Qué impotencia la del pobre hombre! Todos así seremos cuando el Orco nos recoja. Vivamos, pues, en tanto que existir con salud permitido nos sea'.
A esta lamentación siguió un plato no tan grande como esperábamos, pero tan
original que provocó nuestra admiración. Era un repositorio redondo con los doce signos del Zodíaco dispuestos alrededor. Sobre Aries, garbanzos picudos .
Sobre Tauro, un trozo de buey. Sobre Géminis, criadillas y riñones. Sobre Cáncer, una corona. Sobre Leo, un higo de África. Sobre Virgo, una vulva de marrana virgen . Sobre Libra, una balanza con un pastel en un platillo, y un bizcocho en el otro. Sobre Escorpio, un pececillo de mar. Sobre Sagitario, un caracol. Sobre Capricornio, una langosta marina . Sobre Acuario, un ganso. Sobre Piscis, dos lisas . En el centro había un terrón, extraído con césped y todo, que sostenía un panal de abeja".

"Cuando acabó de hablar, se presentaron cuatro danzarines y, al compás de la
música, levantaron la tapa del piso superior del repositorio. Esta operación nos
permitió ver debajo pollos cebados y ubres de marrana! En el
centro había una liebre decorada con alas para que pareciese un Pegaso. También notamos en las esquinas del repositorio cuatro Marsias con odrecillos que
vertían garo con pimienta sobre unos pescados que parecían nadar en un
canal. A iniciativa de la servidumbre, aplaudimos y atacamos con alegría estos
exquisitos manjares.
Trimalción, no menos contento también de su artificio, ordenó:
-¡Corta!- y al punto se acercó el escudero trinchante, quien cortó la carne
acompasando sus movimientos con la música. Hacía pensar en un esedario que
luchaba al son de un órgano hidráulico y Trimalción no cesaba de repetir,
alargando las sílabas:
-iCorta, corta!
Tanto repetía esta palabra que sospeché que se escondía allí alguna broma. Sin
empacho pedí información al vecino de mi izquierda, quien otras veces ya había presenciado esta clase de juegos.
-Mira -me explicó-, la persona que corta la carne se llama Carpo. Así, al decir:
¡Corta!, con la misma palabra llama a este esclavo y le ordena".

"Mientras tanto, unos sirvientes que habían entrado colocaron en los lechos
frazadas con bordados de redes, cazadores con venablos y todo un equipo de
montería. Todavía no sabíamos qué suposiciones hacer cuando, de pronto, un
gran alboroto se alzó a la puerta del triclinio, y he aquí que una jauría de perros laconios irrumpió metiéndose hasta debajo de la mesa.
Cuando se fueron, se trajo un repositorio sobre el que iba un jabalí de lo más
descomunal y con un píleo por añadidura. De sus colmillos pendían dos
canastillas de palma, una con dátiles cariotas y otra con dátiles tebaicos.
Alrededor la bestia tenía unos lechoncitos de mazapán en posición de mamar,
para dar a entender que se trataba de una hembra. Los lechones, por supuesto,
nos fueron distribuidos como recuerdos.
Además contaré que, para cortar el jabalí, no vino aquel Carpo que despedazó
los pollos cebados, sino un gran barbudo con las pantorrillas ceñidas con correas y envuelto en un multicolor manto de caza. Desenvainó éste un cuchillo de caza, lo clavó con fuerza en las costillas del jabalí, y varios tordos escaparon volando del corte.
Unos pajareros con sus varetas ya estaban preparados para esto, y al instante atraparon las aves que revoloteaban en el triclinio. Trimalción ordenó damos un pájaro a cada uno.
-Mirad -decía- las finísimas bellotas con que se alimentaba este cerdo salvaje.
Seguidamente los esclavos tomaron las canastillas que colgaban de los colmillos
y distribuyeron a los comensales porciones iguales de dátiles cariotas y tebaicos".

"En plena charla, un lindo esclavo, coronado de pámpanos y de hiedra, e imitando unas veces a Bromio, otras a Lieo o a Euhio, hizo circular unas canastas deuvas; y después con agudísima voz se puso a recitar varios poemas de su patrón
Al escucharlo, Trimalción se volvió hacia él y le dijo:
- Dionisio, ¡sé libre!
El esclavo quitó el píleo al jabalí y se lo puso en su propia cabeza. Entonces
Trimalción añadió:
- No podréis negarme que mi padre es Libre.
Aplaudimos la salida de Trimalción y colmamos de besos al criado, que iba
recorriendo los lechos.
Trimalción acabó su plato y se levantó para ir al excusado. La ausencia del tirano inesperadamente nos hizo recobrar la libertad, y empezamos a tirar de la lengua".

5 comentarios:

Isabel Romana dijo...

La extravagancia llevada hasta el absurdo. Y tiene mucha gracia esa frase que dice algo así como que el plato que presentaban era menos grande de lo que esperaban, aunque les parecía ingenioso. En fin, los nuevos ricos de ahora también deben parecérsele aunque más bien deben presumir de yates, cochazos y cosas así. Besitos, querida amiga.

Eva dijo...

Está muy biEn. Casi terminé de leerlo por encima. ¡Qué prepotente el ricachón este! Besos y hasta mañana.

M@riel dijo...

Hola, Isabel: Si es que los seres humanos no hemos cambiado tanto... Petronio pretendía retratar la vulgaridad y el despilfarro de los nuevos ricos que antes no habían podido gastar el dinero por no tenerlo, como es el caso de Trimalción. Es un texto francamente interesante. Besos también para ti.
Querida Eva: Todo un placer tenerte de nuevo por aquí. Te veo mañana. Un abrazo muy fuerte.

Francesc Sánchez (Cicero) dijo...

Te agradezco la publicación de esta entrada. Hacia mucho tiempo que tenía el libro en el apartado de pendientes y no acababa de cogerlo. Al leer esta entrada me animé y ahora estoy en plena lectura, y como se ha dicho antes, los nuevos ricos siempre serán nuevos ricos. Algún día deberíamos hacer una comparativa entre nuestro amigo Trimalción y alguno actual que tos seguro conocemos.

M@riel dijo...

Hola, Cicero: Me alegro de que al fin te hayas decidido a recuperar el Satiricón de la lista de "pendientes" (yo también tengo la mía, y mucho me gustaría que no fuese tan larga). Espero que te guste; se lee rápido y, en mi opinión, se trata de un clásico amenísimo. Saludos.