martes, 7 de octubre de 2008

Beatus ille (Feliz aquél)

Les dejo hoy uno de los poemas a mi juicio más hermosos del autor clásico Quinto Horacio Flaco. Se trata posiblemente de uno de sus épodos más conocidos, pero no por ello dejo de ver necesario recordarlo en este blog. En sus versos, Horacio ensalza las beldades de la vida e el campo, invocando una existencia un tanto utópica con fuerte reminiscencias al pasado. El beatus ille se convertirá luego en uno de los tópicos literarios del Renacimiento, junto a otros como el carpe diem (también de Horacio, en él que se conmina al lector a aprovechar al máximo el momento presente).

Para consultar la biografía del poeta, les remito a un antiguo artículo sobre sus composiciones satíricas.


En la época del autor, las primitivas explotaciones agrícolas, en general meras granjas en las que trabajaba la familia y unos cuantos esclavos (recordemos la historia del héroe que deja sus bueyes y su casa para tomar el mando de la ciudad y que, una vez cumplido su importante cometido, regresa a sus campos), habían sido sustituidas casi en su totalidad por latifundios, convirtiendo la agricultura en un sistema distinto al anterior y prácticamente monopolizado por la mano de obra barata y fácilmente reemplazable procedente de la esclavitud.


Feliz aquél (Beatus ille)

Feliz aquél que, lejos de ocupaciones,

como la primitiva raza de los mortales,

labra los campos heredados de su padre

con sus propios bueyes,
libre de toda usura,
y no se despierta, como el soldado,

al oír la sanguinaria trompeta de guerra,

ni se asusta ante las iras del mar,
manteniéndose lejos del foro

y de los umbrales soberbios de los ciudadanos poderosos.
Así pues, ora enlaza los altos álamos

con el crecido sarmiento de las vides,

ora contempla en un valle apartado

sus rebaños errantes de mugientes vacas,

y amputando con la podadera las ramas estériles,
injerta otras más fructíferas,

o guarda las mieles exprimidas en ánforas limpias,
o esquila las ovejas de inestables patas.
O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos
su cabeza engalanada de frutos maduros,

¡cómo goza recolectando las peras injertadas

y vendimiando la uva que compite con la púrpura,

para ofrendarle a ti, Príapo,

y a ti, padre Silvano, protector de los linderos!

Agrádale tumbarse unas veces bajo añosa encina,

otras sobre el tupido césped;

corren entretanto las aguas por los arroyos profundos,

los pájaros dejan oír sus quejas en los bosques

y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar,

invitando con ello al blando sueño.

Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante

apresta lluvias y nieves, ya acosa por un sitio
y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes

hacia las trampas que les cierren el paso,

va tiende con una vara lisa sus redes poco espesas,

engaño para los tordos glotones,

y captura con lazo la tímida liebre
y
la grulla viajera, trofeos que le llenan de alegría.
¿Quién, entre tales deleites, no se olvida

de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?


Resulta sorprendente comprobar la influencia de los autores antiguos sobre otros escritores posteriores. En este caso, la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León, es un magnífico ejemplo de este fenómeno.

Oda a la vida retirada

Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!       
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.            
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.                

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?              
¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.                 
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.         
Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido.            
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.               
Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.         

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.              
Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.            
El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido.             
Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.            
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.                   
A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.              
Y mientras miserablemente
se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.            
A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.




(I) Imagen campestre de Cantabria.

4 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Bellísmos, tanto el poema de Horacio como el de Fray Luis. Al leerlos se caldea el corazón mientras la inteligencia sabe, al mismo tiempo, de la irrealidad de eso que se desea y se añora. ¡Cuanta fuerza evocadora tienen, cuánta capacidad de fascinarnos! Gracias por ofrecérnoslos ahora, con el otoño cargado de frutos. Besos, querida amiga.

M@riel dijo...

Muchas gracias por tu siempre hermosas palabras, Isabel. Desde luego, los buenos escritos conservan la capacidad de emocionarnos y apasionarnos independientemente de su época, uno de los grandes descubrimientos que se hace, a mi modo de ver, al conocer los clásicos. Un saludo.

waldo dijo...

felicidades por este blog,hoy es la primera vez que lo leo,me gusta mucho el contenido,tu diseño es bueno.¿desde cuando estas blogeando?

M@riel dijo...

Hola, Waldo:
Me alegro de que te guste el blog (en especial el hecho de que aprecies ambas facetas, tanto su diseño -que tengo que ejorar todavía un poquito- hasta su contenido). Un saludo.
En respuesta a tu pregunta, llevo con esto de los blogs desde mayo, si no recuerdo mal. ¡Todavía soy principiante!