viernes, 22 de agosto de 2008

El rapto de las sabinas

Un muy célebre episodio supuestamente acaecido en los albores de Roma, poco después de su fundación, es el famoso rapto de las sabinas. Los estudiosos coinciden en que probablemente no se trate de un hecho real o en que, al menos, la mayor parte de los detalles no tienen demasiada veracidad. Se trata de una historia que, leyenda o no, tiene una gran importancia en la tradición romana. Tal es así que algunas costumbres posteriores supusieron los propios romanos que procedían de este acontecimiento, narrado por algunos historiadores antiguos. Además, como toda leyenda, es un reflejo y a veces justificación de determinados modos de pensar, conductas,...

Según esta narración, fundada ya Roma por los hijos de Marte y Rea Silva, Rómulo y Remo (y cometido ya el terrible asesinato de su hermano por parte de Rómulo), el rey y sus seguidores advierten que su sociedad no podrá perpetuarse por carecer de mujeres con las que engendrar descendientes. Se supone que tratan entonces de que algunos de sus vecinos les permitan casarse con sus hijas, pero estos romanos no parecen tener muy buena fama, según informan las malas lenguas, por lo que las perspectivas son ciertamente oscuras.

Pasado un tiempo, el rey Rómulo sorprende al dirigente de Sabinia, otra región del Lacio, invitándolo junto a su pueblo a una fiesta organizada en la recién fundada ciudad de Roma. Los sabinos aceptan de buena gana y los romanos organizan diversas actividades, entre las que destaca una carrera de caballos. En un momento dado, los jinetes del pueblo de Rómulo irrumpen entre el público y se ocupan de llevarse a una mujer por cada uno de ellos. Después expulsan a los sabinos de su ciudad y se atrincheran en el Capitolio.

Los raptores romanos se disponen más tarde a tomar a las sabinas como esposas. Éstas, lógicamente asustadas y confusas por el rapto, terminan por imponerles una condición para contraer matrimonio con ellas: nunca serán obligadas a realizar trabajos como limpiar la casa o cocinar, a excepción del de tejer, siendo en los anteriores sustituidas por esclavas o sirvientas. Los romanos aceptan y la propia hija del rey sabino, Hersilia, se casa con el monarca romano, Rómulo.

Sin embargo, los sabinos no están conformes con la situación, y un grupo de enfurecidos padres y hermanos se dispone a entrar en el bien defendido y casi inexpugnable Capitolio. Sin embargo, una de las sabinas, Tarpeya, por amor a su patria (o, en otra versiones, por amor a las riquezas o al rey de Sabinia) acepta mostrarles una puerta de entrada a cambio de "lo que los soldados lleven en sus brazos", que, supone, son brazaletes y joyas. Mas los sabinos, espantados por tal traición a una patria que, más que les pese, es la de la joven Tarpeya, portan escudos de cobre y la asfixian bajo su peso, castigándola así por su falta de fidelidad y su codicia.


Los romanos se disponen a tratar de repeler el ataque de los sabinos y ambos pueblos se enzarzan en una cruel batalla. Las sabinas, contemplando a sus padres y hermanos luchar contra sus esposos, se apresuran a interponerse entre ellos y rogar que cese el combate, que se establezca una alianza entre ambos pueblos, lo cual, irremediablemente, termina por suceder, uniéndose de esta manera Sabinia y Roma.

(I) Momento en el que una de las sabinas -según la leyenda Hersilia- se interpone entre su padre y su marido. Cuadro del francés Jacques-Louis David.

domingo, 17 de agosto de 2008

Disneyland romano

Interrumpo esta serie de artículos acerca de la sátira romana para incluir una noticia que no carece de interés por lo llamativo y curioso de su carácter, además de los ambiguos sentimientos que, hasta el momento, ha despertado.

Por diversos motivos, entre los que destaca la supuesta caída del "turismo de monumentos en Roma" (lo que posee carices de tragedia) y, desde luego, la correspondiente pérdida de ganancias, la alcaldía ha lanzado una idea polémica: crear en las cercanías de la ciudad un parque temático, tomando como modelo Disneyland París y demás centros de entretenimiento.

Naturalmente, a nadie se le ha ocurrido desperdiciar la oportunidad de aprovechar la cercanía de Roma, urbe con milenios de historia, bautizada ya hace más de dos mil como la ciudad eterna. Por ello, los visitantes no verán a los personajes de Disney triscando entre atracciones con atractivos títulos que recuerdan a mil y una películas infantiles. En lugar de esto, el complejo será todo un lugar de entretenimiento "romano" para toda la familia. La idea está vinculada con incluir una montaña rusa en la réplica de las ruinas del Coliseo o recrear un combate de gladiadores, realizar referencias (habrá que considerar el grado de historicidad de las mismas) a la muerte de la República o al Imperio.

Tal propuesta de la alcaldía romana se ha topado con una fiera oposición por parte de una porción del elenco político. En concreto, el director del turismo en la región del Lacio, Claudio Mancini, ha hecho unas declaraciones que han aparecido en los medios de comunicación y cuyo fragmento más repetido es "No a la americanización".

Sin embargo, los promotores del proyecto (que, dicen, estará listo en cuatro o cinco años) aseguran que el incremento del turismo en esta interesante ciudad será, cuanto menos, muy considerable, teniendo en cuenta que las estadísticas del llamado turismo familiar se dispararían. Por el momento no hay una clara decisión tomada, aunque, por lo discutido hasta el momento, parece que la ocurrencia tendrá futuro.

Uno de los artículos que circulan por Internet acerca de este asunto se inicia con las siguientes palabras:
"Con las ruinas de la antigua Roma, el esplendor del Vaticano y los innumerables tesoros artísticos del Renacimiento, ¿qué le falta a la capital de Italia para atraer turistas? La respuesta, según la oficina del alcalde, es un parque temático al estilo de Disneyland". Tiene un punto de tragedia el hecho de que esta maravillosa urbe, cuna no solo de una civilización que extendió su Imperio por buena parte del Mundo Conocido, sino que también un lugar de importancia durante la época posterior, necesite ahora de un parque temático para atraer turismo.


No se trata de la primera vez en la que surge una propuesta como ésta. Hace un tiempo nació la idea de utilizar los monumentales decorados de la serie Roma, ubicados en Cinecittá, como una especie de parque de atracciones susceptible de ser visitado por turistas. Lástima que parte de los mismos ardiesen durante el incendio de estos magníficos estudios y que ahora tan solo podamos verlos gracias a las grabaciones que se conservan, fragmentos de las cuales se incluyen, por ejemplo, en la edición especial de la primera temporada de la serie.

(I) Maqueta de la ciudad de Roma en la Antigüedad.

miércoles, 13 de agosto de 2008

La sátira romana: Horacio

De nombre Quinto Horacio Flaco, este importante satírico no tuvo una cuna excesivamente distinguida, ya que era hijo de un liberto. Vio la luz en la ciudad italiana actualmente conocida como Venosa en invierno del 65 a.C. y está considerado como uno de los mejores escritores de la antigua Roma.

Tuvo una formación cuidada. Estudió no solo en Roma, sino que también en la ciudad de Atenas. Podemos suponer que leyó textos anteriores, tanto griegos como romanos, hecho que queda evidenciado en las influencias presentes en su obra (Lucilio, Píndaro,...). El primero de los mencionados tuvo una gran importancia para Horacio en lo concerniente a las sátiras.

Se posicionó en el bando contrario a Cayo Julio César tras el asesinato del mismo y fue nombrado tribuno militar. Luchó de esta manera contra los fieles al dictador y, culminado e conflicto bélico, tuvo la oportunidad de alcanzar una plaza como secretario en el palacio de Augusto, que rechazó al momento, siendo su verdadera vocación escribir.

Horacio se movió en unos círculos culturalmente ricos y prósperos, relacionándose con importantes personajes como Publio Virgilio Marón, el cual valoraba sus poemas y lo presentó a su vez a otros grandes hombres.

La importancia de la obra satírica de Horacio en la historia de la sátira latina resulta innegable. Escribió dos grandes libros, en los que integra diversos poemas sobre distintos temas. Trata de mostrar su punto de vista y de censurar y suscitar la hilaridad del lector acerca de los múltiples vicios, defectos y estupideces de la sociedad en la que vive. Escribe en hexámetros.

Por otra parte, Horacio se ocupó también de otros cuatro géneros: la elegía, el épodo y la epístola. Publicó diversas obras pertenecientes a ellos; hay que destacar que, además de en la sátira, utilizó el hexámetro en otras piezas. En obras como las epístolas expuso puntos de vista filosóficos, a favor o en contra de diversas doctrinas, con referencias, por ejemplo, al epicureísmo o al estoicismo.

Algunos textos pertenecientes a las sátiras de Horacio:

"Mecenas, ¿por qué sucede que nadie vive contento con la condición de vida que o bien se ha elegido él mismo con deliberado propósito o bien le ha puesto delante la fortuna, sino que juzga más felices a los que van por otro camino? 'Afortunados los comerciantes', dice el soldado cargado de años y gastados ya sus miembros por muchas fatigas. El comerciante, a su vez, sobre su barca zarandeada por los vientos del sur: 'Es preferible ser militar. ¿Por qué no? Se entra en combate y en una hora escasa, viene o una pronta muerte o una victoria fructuosa'. El hombre experto en derecho y leyes elogia al labrador, cuando a la hora de cantar el gallo, llama el cliente a su puerta; el agricultor que, por no haber dado cauciones, se ve obligado a dejar su campo para dirigirse a la ciudad, proclama felices a los que viven en la urbe" [Sátira I del libro I].

"Opimio, pobre con las arca llenas de oro y plata que tenía guardado, que solía beber todos los días de fiesta vino de Veyes [clase de vino de muy mala calidad] y los días de hacienda un vino picado, un día cayó en un letargo profundo, de forma que su heredero ya corría gozoso y triunfante en busca de llaves y cofres. Un médico muy avisado y fiel consiguió reanimarlo de esta forma: manda colocar una mesa y echar sobre ella sacos de dinero y que se acerquen muchos para contarlo. Así reanima a nuestro hombre, añadiéndole estas palabras: 'Si no guardas lo tuyo, te lo lleva el ávido heredero'. '¿Viviendo yo?' 'Para vivir, pues, estate alerta. ¡Ten mucho cuidado!' '¿Qué quieres que haga?' 'Tu pulso se apaga, como no des aliento y consistencia segura a tu estómago que amenaza ruina. ¿Dudas? ¡Vamos, toma esta tisana de arroz!' '¿Cuánto ha costado?' 'Poca cosa'. '¿Pero cuánto en concreto' '¡Ocho ases!' 'Ay, ¿qué importa morir de enfermedad o de robos y rapiñas" [Sátira III del libro I].

"¿Quién es, pues, libre? El sabio, que es dueño de sí mismo, quien no atemoriza ni la pobreza, ni la muerte, ni las cadenas, que siendo fuerte sabe luchar contra las pasiones, despreciar lo honores, que todo lo tiene en sí mismo, para que nada exterior pueda fijarse en él, y contra quien la Fortuna se siente sin fuerzas. ¿Puedes reconocer como propia alguna de estas características?" [Sátira VII del libro II].

(I) Quinto Horacio Flaco en un dibujo de Anton von Werner.