viernes, 26 de septiembre de 2008

Fortuna Imperatrix Mundi

Me referiré hoy a un poema que, no hallando su origen en el Imperio Romano protagonista de este blog, algo tiene que ver con esta cultura tan absolutamente fascinante.

Se trata de unos versos pertenecientes un conjunto de composiciones poéticas procedentes de la Edad Media (la mayor parte de ellas se fechan entre los siglos XII y XIII). Lejos de las piezas religiosas bastante frecuentes en la época, incluye temas completamente profanos y, en ocasiones, con un considerable toque de picardía (eso no significa que no encontremos algunos versos de corte sacro, pese a que son minoría). Se encontraron a finales del siglo XIX en una localidad alemana (Beuern), que dio lugar al nombre puesto a la colección: Carmina Burana. No todo es latín en esta obra, sino que aparecen fragmentos en otros idiomas, propios del período histórico y la zona.

Pese a su gran valor, quizá no serían tan conocidas por el público en general de no darse la circunstancia de que el célebre compositor Carl Orff (autor también de un interesante método de enseñanza de música) decidiese llevar veinticuatro de estos poemas al mundo de la música y crear una excelente composición homónima. La pieza que inaugura la magna obra de Orff recibe el nombre de O Fortuna y, como su propio nombre indica, es una composición en honor a la diosa entendida quizá de un modo más abstracto, como Destino o Suerte, e incidiendo repetidas veces en su volubilidad. El poema se complementa con otro que viene a continuación, y juntos forman la parte de Carmina Burana titulada Fortuna Imperatrix Mundi.

Al margen de que los versos estén en latín -lo que ya es un hecho vinculante con el Imperio Romano, pese a que se trate de latín medieval-, la idea de la diosa Fortuna no es nueva, sino que ya existía en Roma con el mismo nombre. Además, se la identifica en mitología griega con Tiké. En Roma se rendía culto a la diosa Fortuna, introducido éste en el tiempo de la monarquía. Fortuna era vista como la dadora de una determinada suerte, bien sea esta buena o mala, de lo que proceden algunos de sus sobrenombres, como los que la vinculan con la abundancia o con lo dudoso del Destino. Iconográficamente, es habitual asociar a ella la rueda de la fortuna, que tanto puede girar amablemente hacia la persona en cuestión como volverse contraria a ella. El símbolo continúa existiendo posteriormente y a él se refiere en algún verso del poema el autor -cuyo nombre desconocemos- del mismo.

Aquí les dejo el poema en latín y su traducción al castellano.


"O Fortuna,
velut Luna
statu variabilis,
semper crescis
aut decrescis;
vita detestabilis
nunc obdurat
et tunc curat
ludo mentis aciem,
egestatem,
potestatem
dissolvit ut glaciem.
Sors immanis
et inanis,
rota tu volubilis,
status malus,
vana salus
semper dissolubilis,
obumbrata
et velata
michi quoque niteris;
nunc per ludum
dorsum nudum
fero tui sceleris.
Sors salutis
et virtutis
michi nunc contraria,
est affectus
et defectus
semper in angaria.
Hac in hora
sine mora
corde pulsum tangite;
quod per sortem
sternit fortem,
mecum omnes plangite!".

"¡Oh, Fortuna,
como la luna,
de condición variable,
siempre creces
o decreces!
La detestable vida
primero embota
y después estimula,
como juego, la agudeza de la mente.
La pobreza y
el poder
los disuelve como al hielo.
Suerte cruel
e inútil,
tú eres una rueda voluble
de mala condición;
vana salud,
siempre disoluble,
cubierta de sombras
y velada
brillas también para mí;
ahora, por el juego
de tu maldad,
llevo la espalda desnuda.
La suerte de la salud
y de la virtud
ahora me es contraria;
los afectos
y las carencias
vienen siempre como cosa impuesta.
En esta hora,
sin demora,
impulsad los latidos del corazón,
el cual, por azar,
hace caer al fuerte;
¡lamentaos todos conmigo!".

[Traducción de José García Illa].

En el año 1975 se estrenó una película en la que se integraba Carmina Burana de Carl Orff, escenificada. Adjunto el vídeo correspondiente a la primera parte, también entendida como una introducción, que se corresponde con los versos anteriores. Este fragmento es muy conocido y se han hecho numerosísimas versiones de ella, incluso una con toques de tecno que no deja de ser curiosa.



No sería justo dejar de mencionar que la idea de incluir un poema en lengua latina pero no procedente del Imperio Romano, con su traducción también incorporada, se me ocurrió leyendo el último artículo del blog Homo Bonus. ¡Gracias por la inspiración, Jaume!

(I) Fotografía del compositor Carl Orff.
(II) Representación de la rueda de la Fortuna de corte medieval, a propósito de algún pasaje del Carmina Burana.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El banquete de Trimalción

Hace ya unos meses publiqué un breve artículo en relación al Satiricón de Petronio, pero no llegué a incluir un solo fragmento acerca de él. No me resisto a dejarles hoy estos pasajes del banquete de Trimalción, verdaderas y llamativas extravagancias culinarias.

"Estas magnificencias nos tenían deslumbrados. En ese momento apareció
Trimalción. Se le transportaba al son de la música y fue depositado en medio de pequeñísimos cojines.
Lo imprevisto de la escena nos hizo soltar la carcajada, y no era para menos: su
cráneo afeitado sobresalía de su palio escarlata. En sus hombros cargados
con el vestido se había puesto una servilleta con laticlavia, llena de flecos que
colgaban por todos lados. En el meñique de su izquierda tenía un gran anillo
ligeramente dorado y, en la última falange del anular, otro más pequeño que,
según se veía, era de oro macizo pero con una especie de estrellas de hierro
engastadas. y como no le había parecido bastante exhibir todo este lujo,
mostraba desnudo su brazo derecho para lucir un brazalete de oro y una pulsera de marfil abrochada con una placa de esmalte.
Después de mondarse los dientes con un alfiler de plata, nos dirigió estas
palabras:
-No me apetecía todavía, amigos míos, venir al triclinio pero lo he hecho para no incomodaros más con mi ausencia. Por vosotros me he abstenido de todas mis
diversiones. Me permitiréis, empero, terminar la partida.
El siervo lo seguía con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Todo
traslucía un refinamiento exquisito. En lugar de peones blancos y negros, tenía
monedas de oro y plata. Al jugar soltaba todo el repertorio de groserías propias
de tejedores.
Todavía no habíamos acabado las entradas cuando se nos sirvió un gran
repositorio con una cesta encima. En ella había una gallina de madera con las
alas desplegadas en torno como suelen hacerlo las cluecas. Luego se
aproximaron dos esclavos y, al son de la música, se pusieron a rebuscar en la
paja, y sacaron de abajo varios huevos de pavo real que fueron distribuidos a los comensales. Trimalción, contemplando esta escenificación, nos dijo:
-Amigos, he hecho incubar huevos de pavo real por una gallina y me temo, por
Hércules, que ya estén empollados. Probemos, sin embargo, si todavía son comestibles. Recibimos unas cucharas que por lo menos pesaban media libra, y
cascamos los huevos que estaban muy bien hechos de pasta. Casi arrojé mi
porción pues creí que ya estaba formado el pollo, pero oí decir a una vieja
comensal:
-No sé qué delicia debe de haber aquí.
Continué, pues, descascarándolo con la mano y me encontré con un gordísimo
papafigo arrebolado en salsa de yema de huevo y pimienta".

"Y añadió Trimalción: '¡Ay! ¡Miserables de nosotros! ¡Qué impotencia la del pobre hombre! Todos así seremos cuando el Orco nos recoja. Vivamos, pues, en tanto que existir con salud permitido nos sea'.
A esta lamentación siguió un plato no tan grande como esperábamos, pero tan
original que provocó nuestra admiración. Era un repositorio redondo con los doce signos del Zodíaco dispuestos alrededor. Sobre Aries, garbanzos picudos .
Sobre Tauro, un trozo de buey. Sobre Géminis, criadillas y riñones. Sobre Cáncer, una corona. Sobre Leo, un higo de África. Sobre Virgo, una vulva de marrana virgen . Sobre Libra, una balanza con un pastel en un platillo, y un bizcocho en el otro. Sobre Escorpio, un pececillo de mar. Sobre Sagitario, un caracol. Sobre Capricornio, una langosta marina . Sobre Acuario, un ganso. Sobre Piscis, dos lisas . En el centro había un terrón, extraído con césped y todo, que sostenía un panal de abeja".

"Cuando acabó de hablar, se presentaron cuatro danzarines y, al compás de la
música, levantaron la tapa del piso superior del repositorio. Esta operación nos
permitió ver debajo pollos cebados y ubres de marrana! En el
centro había una liebre decorada con alas para que pareciese un Pegaso. También notamos en las esquinas del repositorio cuatro Marsias con odrecillos que
vertían garo con pimienta sobre unos pescados que parecían nadar en un
canal. A iniciativa de la servidumbre, aplaudimos y atacamos con alegría estos
exquisitos manjares.
Trimalción, no menos contento también de su artificio, ordenó:
-¡Corta!- y al punto se acercó el escudero trinchante, quien cortó la carne
acompasando sus movimientos con la música. Hacía pensar en un esedario que
luchaba al son de un órgano hidráulico y Trimalción no cesaba de repetir,
alargando las sílabas:
-iCorta, corta!
Tanto repetía esta palabra que sospeché que se escondía allí alguna broma. Sin
empacho pedí información al vecino de mi izquierda, quien otras veces ya había presenciado esta clase de juegos.
-Mira -me explicó-, la persona que corta la carne se llama Carpo. Así, al decir:
¡Corta!, con la misma palabra llama a este esclavo y le ordena".

"Mientras tanto, unos sirvientes que habían entrado colocaron en los lechos
frazadas con bordados de redes, cazadores con venablos y todo un equipo de
montería. Todavía no sabíamos qué suposiciones hacer cuando, de pronto, un
gran alboroto se alzó a la puerta del triclinio, y he aquí que una jauría de perros laconios irrumpió metiéndose hasta debajo de la mesa.
Cuando se fueron, se trajo un repositorio sobre el que iba un jabalí de lo más
descomunal y con un píleo por añadidura. De sus colmillos pendían dos
canastillas de palma, una con dátiles cariotas y otra con dátiles tebaicos.
Alrededor la bestia tenía unos lechoncitos de mazapán en posición de mamar,
para dar a entender que se trataba de una hembra. Los lechones, por supuesto,
nos fueron distribuidos como recuerdos.
Además contaré que, para cortar el jabalí, no vino aquel Carpo que despedazó
los pollos cebados, sino un gran barbudo con las pantorrillas ceñidas con correas y envuelto en un multicolor manto de caza. Desenvainó éste un cuchillo de caza, lo clavó con fuerza en las costillas del jabalí, y varios tordos escaparon volando del corte.
Unos pajareros con sus varetas ya estaban preparados para esto, y al instante atraparon las aves que revoloteaban en el triclinio. Trimalción ordenó damos un pájaro a cada uno.
-Mirad -decía- las finísimas bellotas con que se alimentaba este cerdo salvaje.
Seguidamente los esclavos tomaron las canastillas que colgaban de los colmillos
y distribuyeron a los comensales porciones iguales de dátiles cariotas y tebaicos".

"En plena charla, un lindo esclavo, coronado de pámpanos y de hiedra, e imitando unas veces a Bromio, otras a Lieo o a Euhio, hizo circular unas canastas deuvas; y después con agudísima voz se puso a recitar varios poemas de su patrón
Al escucharlo, Trimalción se volvió hacia él y le dijo:
- Dionisio, ¡sé libre!
El esclavo quitó el píleo al jabalí y se lo puso en su propia cabeza. Entonces
Trimalción añadió:
- No podréis negarme que mi padre es Libre.
Aplaudimos la salida de Trimalción y colmamos de besos al criado, que iba
recorriendo los lechos.
Trimalción acabó su plato y se levantó para ir al excusado. La ausencia del tirano inesperadamente nos hizo recobrar la libertad, y empezamos a tirar de la lengua".

domingo, 21 de septiembre de 2008

"Roma", la serie

Al margen de que hayan pasado ya varios meses tras el estreno de la segunda temporada de esta monumental producción (por no hablar de la primera, que es del 2005), me parece importante dedicarle un artículo.

La serie "Roma" llamó la atención ya desde que se inició el proyecto, por ser una coproducción de la HBO y la BBC, ambas importantes cadenas. El presupuesto para su rodaje no fue precisamente reducido y los decorados en los que se grabaron buena parte de los capítulos (es preciso destacar la magna reproducción del foro) tuvieron unas dimensiones muy considerables. Desgraciadamente, parte de los mismos ardieron en el incendio que sufrió la ya mítica Cinecittá y que, entre otras cosas, redujo también a cenizas los decorados del filme Ben-Hur.

Las anécdotas y curiosidades de la producción dan para varias páginas, aunque, como ya apunté en otro artículo, puede conseguirse un DVD con el clásico "cómo se hizo" en el que se nos explican todo tipo de detalles verdaderamente deliciosos. Resulta, por ejemplo, bastante llamativo echar un vistazo a los vídeos de entrenamiento de los extras que actuarían como soldados, a los que hicieron marchar y acampar como legionarios durante varias semanas para que tuviesen una actitud un tanto más marcial...

Dejando las curiosidades de lado, me referiré ahora a la serie en sí. La primera temporada, estrenada en Gran Bretaña antes que en España, consta de doce capítulos de menos de una hora cada uno. En ellos se narran una serie de acontecimientos basado en el convulso período del final de la República; en este caso, desde la rendición del caudillo galo Vercingetórix tras el sitio de Alesia, con el consiguiente final de la Guerra de las Galias (lo que se plasma en el primer capítulo) hasta la muerte de Cayo Julio César en los idus de marzo del 44 a.C. El conflicto con Pompeyo ocupa también buena parte de la línea argumental.

Sin embargo, no se trata de una pretendida muestra de la vida de César a modo de serie, sino que por la pantalla desfilan muchos otros personajes que comparten protagonista con el mencionado patricio. Desde la familia y amigos de César (como su sobrina Atia o su amante Servilia) hasta aquéllos que terminan por declararle abiertamente su hostilidad (tales como Pompeyo o Catón). Asistimos de esta manera a toda una lucha de poderes en un República ya moribunda, en la que se entrelazan referencias a momentos históricos -como la batalla de Farsalia- y otras escenas ficticias.

En paralelo, aunque con ocasionales puntos comunes, se desarrolla la historia de dos personajes pertenecientes al pueblo: Lucio Voreno y Tito Pullo. Se ha afirmado que los guionistas tomaron los nombres de textos antiguos y les dieron una identidad más o menos coherente con lo escrito, pero no hay duda de que su historia, familia y andanzas son ficticias. Sin embargo, en gran medida gracias a los dos caracteres y a la acción que en torno a ellos se desarrolla, es posible mostrar una Roma menos mármorea y reluciente, plasmando la sordidez y suciedad de los barrios populares, con altas ínsulas y callejuelas sinuosas.


Por otra parte, la segunda temporada es una mera continuación de la primera, aunque el número de capítulos, diez, parece excesivamente pequeño dada la cantidad de años y acontecimientos reflejados. Se inicia con lo sucedido después del asesinato de César y concluye con la subida al poder de Octavio Augusto (con lo que en los poco episodios asistimos a los conflictos entre los partidarios de César y sus detractores por el poder, la creación del segundo triunvirato, los conflictos de Octavio y Marco Antonio, el romance de éste con Cleopatra y su trágico final,...).


"Roma" ha recibido abundantes halagos -por supuesto, también alguna crítica-, en especial por su intento de recreación del ambiente de la época, bastante preciso en general, aunque con algún detalle polémico sobre el que se ha debatido ampliamente.
Llama la atención, por ejemplo, el vestuario de los personajes, elaborado y muy hermoso a la vista.
Del mismo modo, sorprende la creación de un modelo de villa romana profusamente adornada o los inmuebles de un barrio como la Subura (al margen de lo curioso de ambos decorados, compararlos invita a reflexión). La recreación del foro, los campamentos romanos, el Senado, etc., es digna de examinarse. Por otra parte, la serie ha sido calificada de violenta y considerablemente explícita. Esto no parece haberle perjudicado en exceso, a juzgar por la audiencia que, para tratarse de una producción histórica (así estamos, que Gran Hermano tiene a parte de la población encadenada al televisor mientras el buen cine, las series de calidad y, ya más, los instructivos documentales ven mermado su número de espectadores de un modo alarmante), ha sido muy considerable.

En caso de que no la hayan visto, y aunque ya no me parece necesario después de lo escrito, se la recomiendo efusivamente. Para terminar, les dejo los enlaces al sitio web que le ha dedicado Cuatro (donde pueden encontrar el resumen del argumento de cada capítulo, que no me he parado a incluir por considerar el artículo un breve esbozo) y a las páginas oficiales en inglés (en la cuales, además de imágenes y resúmenes, aparecen apuntes históricos acerca de la producción bastante interesantes).

Sitio oficial en Cuatro

Sitio oficial de la HBO

Sitio oficial de la BBC

(I) Ciarán Hinds interpreta a Cayo Julio César, que en esta escena del capítulo 10 (Victoria) de la primera temporada, saluda al pueblo durante su triunfo.
(II) Kevin McKidd y Ray Stevenson en los papeles de, respectivamente, Lucio Voreno y Tito Pullo (episodio 3, Una lechuza en un arbusto espinoso, de la primera temporada).
(III) Tobias Mencies como Marco Bruto (escena del primer capítulo de la segunda temporada, Pasar página).
(IV) Linsday Marshal da vida a Cleopatra (imagen del último episodio de la segunda temporada, Sobre tu padre).
(V) Ambiente de la ciudad de Roma en una secuencia del sexto episodio, Egeria, de la primera temporada.

martes, 16 de septiembre de 2008

La revuelta de Espartaco, según Plutarco

En el hilo de un artículo publicado hace unos días, El asesinato de César, según Plutarco, incluyo hoy en el blog un fragmento de otra de las Vidas Paralelas, la de Marco Licinio Craso.

A modo de pequeño apunte biográfico, comentar que nació en 115 a.C. y murió en el 53 a.C., por lo que vivió parte de los convulsos acontecimientos del final de la República. De hecho, durante la guerra civil entre Cornelio Sila y Cayo Mario se posicionó a favor del primero, saliendo bastante beneficiado tras las proscripciones. Patricio célebre por su tremenda riqueza que alcanzó el título de cónsul por primera vez en el 70 a.C., se unió a Cneo Pompeyo Magno y a Cayo Julio César en el Primer Triunvirato, falleciedo finalmente en Partia durante sus campañas, en las que llegó incluso a la tierra de Israel.

De su vida narrado por Plutarco extraigo hoy el fragmento referido a la Revuelta de Espartaco (también denominada III Guerra Servil, por venir precedida de un par de revueltas en la conquistada Sicilia). De lo poco escrito en la antigüedad con relación al acontecimiento, se trata de un relato rico en detalles y, como ya viene a ser habitual, también en matices psicológicos. Pese a los siempre cuestionables elementos -que no podemos verificar a veces por falta de datos-, es uno de los textos que narran con mayor prodigalidad la Revuelta del esclavo tracio, lo que resulta en definitiva un hecho de gran valor.

"La sedición de los gladiadores y la devastación de la Italia, a la que muchos dan el nombre de guerra de Espartaco, tuvo entonces origen con el motivo siguiente: un cierto Léntulo Baciato mantenía en Capua gladiadores, de los cuales muchos eran Galos y Tracios; y como para el objeto de combatir, no porque hubiesen hecho nada malo, sino por pura injusticia de su dueño, se les tuviese en un encierro, se confabularon hasta unos doscientos para fugarse; hubo quien los denunciara, mas, con todo, los que llegaron a adivinarlo y pudieron anticiparse, que eran hasta setenta y ocho, tomando en una cocina cuchillos y asadores, lograron escaparse. Casualmente en el camino encontraron unos carros que conduelan a otra ciudad armas de las que son propias de los gladiadores; robáronlas, y ya mejor armados tomaron un sitio naturalmente fuerte y eligieron tres caudillos, de los cuales era el primero Espartaco, natural de un pueblo nómada de Tracia, pero no sólo de gran talento y extraordinarias fuerzas, sino aun en el juicio y en la dulzura muy superior a su suerte, y más propiamente Griego que de semejante nación. Se cuenta que cuando fue la primera vez traído a Roma para ponerle en venta, estando en una ocasión dormido se halló que un dragón se le había enroscado en el rostro, y su mujer, que era de su misma gente, dada a los agüeros e iniciada en los misterios orgiásticos de Baco, manifestó que aquello era señal para él de un poder grande y terrible que había de venir a un término feliz. Hallábase también entonces en su compañía y huyó con él.

La primera ventaja que alcanzaron fue rechazar a los que contra ellos salieron de Capua; y tomándoles gran copia de armas de guerra, hicieron cambio con extraordinario placer, arrojando las otras armas bárbaras y afrentosas de los gladiadores. Vino después de Roma en su persecución el pretor Clodio con tres mil hombres, y cercándolos en un monte que no tenía sino una sola subida muy agria y difícil, estableció en ella las convenientes defensas. Por todas las demás partes, el sitio no tenía más que rocas cortadas y grandes despeñaderos; pero como en la cima hubiese parrales nacidos espontáneamente, cortaron los que se hallaban cercados los sarmientos más fuertes y robustos, y formando con ellos escalas consistentes y de grande extensión, tanto que suspendidas por arriba de las puntas de las rocas tocaban por el otro extremo en el suelo, bajaron por ellas todos con seguridad, a excepción de uno sólo, que fue preciso se quedara, a causa de las armas. Mas éste las descolgó luego que los otros bajaron, y después también él se puso en salvo. De nada de esto tuvieron ni el menor indicio los Romanos, y al hallarse tan repentinamente envueltos, sobresaltados con este incidente, dieron a huir, y aquellos les tomaron el campamento. Reuniéronseles allí muchos vaqueros y otros pastores de aquella comarca, gentes de expeditas manos y de ligeros pies; así, armaron a unos, y a otros los destinaron a comunicar avisos o a las tropas ligeras. El segundo pretor enviado contra ellos fue Publia Varino, y en primer lugar derrotaron a su legado Turio, que los acometió con dos mil hombres que mandaba. Después, habiendo Espartaco sorprendido, bañándose junto a Salenas, al consultor y colega de aquel, Cosinio, enviado con más fuerzas, estuvo en muy poco que no le echase mano. Huyó al fin, aunque no sin gran dificultad y peligro; pero Espartaco le tomó el bagaje, y persiguiéndole sin reposo, causándole gran pérdida, se hizo dueño también del campamento; cayó, por último, en aquella refriega el mismo Cosinio. Venció igualmente al pretor en persona en diferentes encuentros, y habiéndose apoderado de sus lictores y de su propio caballo, adquirió gran fama y se hizo temible. Con todo, echó, como hombre prudente, sus cuentas, y conociendo serle imposible superar todo el poder de Roma, condujo su ejército a los Alpes, pareciéndole que debían ponerse al otro lado y encaminarse todos a sus casas, unos a la Tracia y otros a la Galia; mas ellos, fuertes con el número y llenos de arrogancia, no le dieron oídos, sino que se entregaron a talar la Italia. En este estado, no fue sólo la humillación y la vergüenza de aquella rebelión la que irritó al Senado, sino que, por temor y por consideración al peligro, como a una de las guerras más arriesgadas y difíciles, hizo salir a aquella a los dos cónsules. De éstos, Gelio cayó repentinamente sobre las gentes de Germania, que por orgullo y soberbia se habían separado de las de Espartaco, y las deshizo y desbarató del todo. Propúsose Léntulo envolver a Espartaco con grandes divisiones; pero él se decidió a hacerle frente, y, dándole batalla, venció a sus legados y se apoderó de todo el bagaje. Retirado a los Alpes, fue en su busca Casio, pretor de la Galia Cispadana, con diez mil hombres que tenía; pero trabada batalla, fue igualmente vencido, perdiendo mucha gente, y salvándose él mismo con gran dificultad.

Cuando el Senado lo supo, mandó con enfado a los cónsules que nada emprendiesen, y se nombró a Craso general para aquella guerra, al cual, por amistad y por su grande opinión, acudieron muchos de los jóvenes más principales para militar bajo sus órdenes. Entendió Craso que debía situarse en la región Picena y esperar a Espartaco, que por allí había de pasar; pero envió para observarlo a su legado Mumio con dos legiones, dándole orden de que, puesto a su espalda, siguiera a los enemigos, sin que de ningún modo viniera a las manos con ellos, ni aun hiciera la guerra de avanzadas; pero él apenas pudo concebir alguna esperanza cuando trabó combate y fue vencido, pereciendo muchos y habiéndose otros salvado arrojando las armas en la fuga. Craso recibió a Mumio con la mayor aspereza, y armando de nuevo a los soldados les hizo dar fianzas de que conservarían mejor aquellas armas. A quinientos, los primeros en huir y los más cobardes, los repartió en cincuenta décadas, de cada una de ellas hizo quitar la vida a uno, a quien cupo por suerte, restableciendo este castigo antiguo de los soldados, interrumpido tiempo había; el cual, además de ir acompañada de infamia, tiene no sé qué de terrible y de triste, por ejecutarse a la vista de todo el ejército. Después de dado este ejemplo de severidad, guió contra los enemigos; mas, en tanto, Espartaco se encaminaba por la Lucania hacia el mar, y encontrándose en el puerto con unos piratas de Cilicia, intentó pasar a Sicilia e introducir dos mil hombres en aquella isla, con lo que habría vuelto a encender en ella la guerra servil, poco antes apagada, y que con pequeño cebo hubiera tenido bastante. Convinieron con él los de Cilicia y recibieron algunas dádivas: pero al cabo lo engañaron, haciéndose sin él a la vela. Movió otra vez del mar, y sentó sus reales en la península de Regio; acudió al punto Craso, y hecho cargo de la naturaleza del sitio, que estaba indicando lo que había de hacerse, se propuso correr una muralla por el istmo, sacando con esto del ocio a los soldados y quitando la subsistencia al enemigo. La obra era grande y difícil, pero, contra toda esperanza, la acabó y completó en muy poco tiempo, abriendo de mar a mar, por medio del estrecho, un foso que tenía de largo trescientos estadios, y de ancho y profundo, quince pies; sobre el foso construyó un muro de maravillosa altura y espesor. Espartaco, al principio, no hacía caso, y aun se burlaba de estos trabajos; pero llegando a faltarle el botín y queriendo salir, echó de ver que estaba cercado, y como de aquella estrecha península nada pudiese recoger, aguardando a que viniera la noche de nieve y ventisca cegó una pequeña parte del foso con tierra, con leños y con ramaje, y por allí pudo pasar el tercio de su ejército.

Temió Craso no fuera que Espartaco concibiera el designio de marchar sobre Roma; mas luego se tranquilizó habiendo sabido que muchos le habían abandonado por discordias que con él tuvieron, y formando ejército aparte se habían acampado junto al lago Lucano, cuéntase de éste que por tiempos se muda, teniendo unas veces al agua dulce y otras salada, en términos de no poderse beber. Marchando Craso contra éstos, los retiró de la laguna, pero le impidió que los destrozase y persiguiese el haberse aparecido de pronto Espartaco con disposiciones de retirarse precipitadamente. Tenía escrito al Senado que era preciso hacer venir a Luculo de la Tracia, y a Pompeyo de la España; mas arrepentido entonces, se apresuró a concluir la guerra antes que aquellos llegasen, comprendiendo que la victoria se atribuiría al recién venido que había dado socorros. Resolvió, por tanto, acometer primero a los que se habían separado de Espartaco y que hacían campo aparte, siendo sus caudillos Gayo Canicio y Casto, y para ello envió a unos seis mil hombres con orden de que hicieran lo posible por tomar con el mayor recato cierta altura; pero, aunque ellos procuraron evitar que los sintiesen, enramando los morriones, al cabo fueron vistos de dos mujeres que estaban haciendo sacrificios por la prosperidad de los enemigos, y hubieran corrido gran peligro de no haber sobrevenido con la mayor celeridad Craso, y empeñado una de las más recias batallas, en la que, habiendo sido muertos doce mil y trescientos hombres, se halló que dos solos estaban heridos por la espalda, habiendo perecido los demás en sus mismos puestos, guardándolos y peleando con los Romanos. Retirábase Espartaco, después de la derrota de éstos, hacia los montes Petilinos; Quinto y Escrofa, legado el uno y cuestor el otro de Craso, le perseguían muy de cerca; mas volviendo contra ellos, fue grande la fuga de los Romanos, que con dificultad pudieron salvar, malherido, al cuestor. Este pequeño triunfo fue justamente el que perdió a Espartaco, porque inspiró osadía a sus fugitivos, los cuales ya se desdeñaban de batirse en retirada y no querían obedecer a los jefes, sino que, poniéndoles las armas al pecho cuando ya estaban en camino, los obligaron a volver atrás y a conducirlos por la Lucania contra los Romanos, obrando en esto muy a medida de los deseos de Craso, porque ya había noticias de que se acercaba Pompeyo, y no pocos hacían correr en los comicios la voz de que aquella victoria le estaba reservada, pues lo mismo sería llegar que dar una batalla y poner fin a aquella guerra. Dándose, por tanto, priesa a combatir y a situarse para ello al lado de los enemigos hizo abrir un foso, el que vinieron a asaltar los esclavos para pelear con los trabajadores; y como de una y otra parte acudiesen muchos a la defensa, viéndose Espartaco en tan preciso trance, puso en orden todo su ejército. Habiéndole traído el caballo, lo primero que hizo fue desenvainar la espada, y diciendo: “Si venciere, tendré muchos y hermosos caballos de los enemigos; mas si fuere vencido, no lo habré menester”, lo pasó con ella. Dirigióse en seguida contra el mismo Craso por entre muchas armas y heridas; y aunque no penetró hasta él, quitó la vida a dos centuriones que se opusieron a su paso. Finalmente, dando a huir los que consigo tenía, él permaneció inmóvil, y, cercado de muchos, se defendió, hasta que lo hicieron pedazos. Tuvo Craso de su parte a la fortuna: llenó todos los deberes de un buen general y no dejó de poner a riesgo su persona, y, sin embargo, aún sirvió esta victoria para aumentar las glorias de Pompeyo, porque los que de aquel huían dieron en las manos de éste y los deshizo. Así es que, escribiendo al Senado, le dijo que Craso, en batalla campal, había vencido a los fugitivos, pero él había arrancado la raíz de la guerra. A Pompeyo se le decretó un magnífico triunfo por la guerra de Sertorio y de la España; pero Craso, lo que es el triunfo solemne, ni siquiera se atrevió a pedirlo; mas ni aun el menos solemne, a que llaman ovación, parecía propio y digno por una guerra de esclavos" (Vidas paralelas; Vida de Craso, capítulos VIII-XI).

(I) Busto de Marco Licinio Craso.
(II) Escultura de Espartaco moribundo en los jardines de las Tullerías, en Francia.

lunes, 15 de septiembre de 2008

"¿Qué nos han dado los romanos?"

Dentro de la nutrida filmografía de los famosos Monthy Phyton ("Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores", "El sentido de la vida", "Erik el vikingo") , los cuales alcanzaron una importante celebridad gracias a un programa que se mantuvo en antena hasta mediados de la década de los setenta, destacaré hoy un filme titulado "La vida de Brian" (1979), ambientado en el antiguo Israel (visto por los Monthy Phyton, claro) y plagada de humor, a veces un tanto surrealista.

En ella, el protagonista (con el muy arcaico y judío nombre de Brian) es confundido repetidas veces con el Mesías esperado, desde su nacimiento hasta su muerte, lo que le ocasiona no pocos problemas y da lugar a escenas verdaderamente delirantes. Al margen, se nos presentan personajes curiosos, como el presidente del Frente Judaico Popular, un "partido político" judío que pretende derrocar, o al menos vituperar, el régimen romano; el comandante de la guardia de Pilatos, cuyo ceceo provoca la hilaridad del pueblo; la propia y estrambótica madre de Brian,...

Les dejo la escena de uno de los debates del Frente Judaico Popular, que concluye con una curiosa discusión que da nombre a este artículo :


jueves, 11 de septiembre de 2008

El Imperio Romano en "La loca historia del mundo"

"La loca historia del mundo" es una película dirigida y protagonizada por Mel Brooks y estrenada en el año 1981. Como el título parece indicar, narra la historia de la humanidad desde el primer hombre -allá en las cavernas prehistóricas- hasta el final de la Revolución Francesa con un Luis XVI que huye de su ejecución en el último momento. El filme puede calificarse de irreverente, estrambótico y, por supuesto, sumamente gracioso. La historicidad de los hechos narrados es mucho más que cuestionable, pero eso no tiene por qué importar al espectador, ya que la película no tiene como objetivo enseñar historia, precisamente.

Les dejo un video del fragmento dedicado al Imperio Romano, esperando les haga reír, que siempre es bueno y sano.


El asesinato de César, según Plutarco

A modo de muy breve introducción, he de comentar que Plutarco de Queronea es un célebre autor nacido en esta ciudad de Beocia en torno al 46 d.C., que tuvo la oportunidad de estudiar en la Academia de Atenas y que llegó a enseñar en Roma.

Entre sus obras, encontramos las llamadas Obras morales y de costumbres, conjunto de textos que se presentan bajo el nombre de Moralia. En ellos trata distintos temas, incluyendo la religión, la política o la filosofía, utilizando diversos estilos como el diálogo.

Sus obras más célebres son, sin embargo, las Vidas paralelas, textos de carácter biográfico agrupados por parejas. En cada una de ellas aparece la figura de un personaje romano y la de un griego, a fin de comparar y constrastar virtudes y defectos. Plutarco ahonda a menudo en el carácter y la manera de ser de las personas cuya vida describe, incluyendo una profusión de anécdotas y detalles de este tipo. Desgraciadamente, en la actualidad no conservamos toda la obra de Plutarco, habiéndose perdido algunas de sus Vidas paralelas.

Uno de los personajes cuya vida describe Plutarco en una de sus biografías es Cayo Julio César, al que acompaña el personaje griego de Alejandro Magno. Al margen de recomendar fervientemente la lectura de estos dos textos, sumamente célebres, incluyo este fragmento en el que se describe la muerte de César. Al margen de la historicidad cuestionada de algunos datos, como frases o acciones llevadas a cabo por los personajes mencionados, el texto ha servido de guía o modelo a autores como William Shakespeare para trazar este momento final de la vida del gran personaje. De hecho, si tomamos la tragedia del autor inglés Julio César (la cual recomiendo a mis lectores, al igual que buena parte de la obra de Shakespeare, en la que aparecen piezas con tema clásico como Coriolano o Antonio y Cleopatra), veremos que la escena de la muerte de César tiene grandes paralelismos con el relato de Plutarco. Esto nos lleva a la celebérrima película Julio César (1953, Joseph L. Mankiewicz), versión filmográfica de la obra de Shakespeare y en la que, por evidentes razones, también hay analogías con este fragmento de la Vida de César.
Se trata de una descripción detallada, pese a los siempre cuestionables datos, también rica en dramatismo y en referencias a los sentimientos y emociones de los personajes.


"Artemidoro, natural de Cnido, maestro de lengua griega, y que por lo mismo había contraído amistad con algunos de los compañeros de Bruto, hasta estar impuesto de lo que se tenía tramado, se le presentó trayendo escrito en un memorial lo que quería descubrir; y viendo que César al recibir los memoriales los entregaba al punto a los ministros que tenía a su lado, llegándose, muy cerca le dijo a César: “Léelo tú sólo y pronto; porque en él están escritas grandes cosas que te interesan”. Tomólo, pues, César, y no le fue posible leerlo, estorbándoselo el tropel de los que continuamente llegaban, por más que lo intentó muchas veces; pero llevando y guardando siempre en la mano aquel solo memorial, entró en el Senado. Algunos dicen que fue otro el que se lo entregó, y que a Artemidoro no le fue posible acercarse, sino que por todo el tránsito fue estorbado de la muchedumbre. Todos estos incidentes pueden mirarse como naturales, sin causa extraordinaria que los produjese; pero el sitio destinado a tal muerte y a tal contienda, en que se reunió el Senado, si se observa que en él había una estatua de Pompeyo y que por éste había sido dedicado entre los ornamentos accesorios de su teatro, parece que precisamente fue obra de algún numen superior el haber traído allí para su ejecución semejante designio. Así, se dice que Casio, mirando a la estatua de Pompeyo al tiempo del acometimiento, le invocó secretamente, sin embargo de que no dejaba de estar imbuido en los dogmas de Epicuro; y es que la ocasión, según parece, del presente peligro engendró un entusiasmo y un afecto contrarios a la doctrina que había abrazado. A Antonio, amigo fiel de César y hombre de pujanza, lo entretuvo afuera Bruto Albino, moviéndole de intento una conversación que no podía menos de ser larga. Al entrar César, el Senado se levantó, haciéndole acatamiento; pero de los socios de Bruto, unos se habían colocado detrás de su silla y otros le habían salido al encuentro como para tomar parte con Tulio Cimbro en las súplicas que le hacía por un hermano que estaba desterrado, y, efectivamente, le rogaban también, acompañándole hasta la misma silla. Sentado que se hubo, se negó ya a escuchar ruegos, y como instasen con más vehemencia se les mostró indignado, y entonces Tulio, cogiéndole la toga con ambas manos, la retiró del cuello, que era la señal de acometerle. Casca fue el primero que le hirió con un puñal junto al cuello; pero la herida que le hizo no fue mortal ni profunda, turbado, como era natural, en el principio de un empeño como era aquél; de manera que, volviéndose César, le cogió y detuvo el puñal, y a un mismo tiempo exclamaron ambos: el ofendido, en latín: “Malvado Casca, ¿qué haces?” y el ofensor, en griego, a su hermano: “Hermano, auxilio”. Como éste fuese el principio, a los que ningún antecedente tenían les causó gran sorpresa y pasmo lo que estaba pasando, sin atreverse ni a huir ni a defenderlo, ni siquiera a articular palabra. Los que se hallaban aparejados para aquella muerte, todos tenían las espadas desnudas, y hallándose César rodeado de ellos, ofendido por todos y llamada su atención a todas partes, porque por todas sólo se le ofrecía hierro ante el rostro y los ojos, no sabía adónde dirigirlos, como fiera en manos de muchos cazadores, porque entraba en el convenio que todos habían de participar y como gustar de aquella muerte, por lo que Bruto le causó también una herida en la ingle. Algunos dicen que antes había luchado, agitándose acá y allá, y gritando; pero que al ver a Bruto con la espada desenvainada, se echó la ropa a la cabeza y se prestó a los golpes, viniendo a caer, fuese por casualidad o porque le impeliesen los matadores, junto a la base sobre que descansaba la estatua de Pompeyo, que toda quedó manchada de sangre; de manera que parecía haber presidido el mismo Pompeyo al suplicio de su enemigo, que, tendido, expiraba a sus pies, traspasado de heridas, pues se dice que recibió veintitrés; muchos de los autores se hirieron también unos a otros, mientras todos dirigían a un solo cuerpo tantos golpes".

(I) Asesinato de César en un cuadro de Camuccini.