jueves, 23 de octubre de 2008

Gladiolo Escobar

Tras el dramático artículo publicado ayer, les dejo hoy un vídeo que subo a petición de un amigo, a modo de intencionado descanso de asuntos serios y profundos antes de mi próxima publicación sobre Ovidio.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Despedirse de Roma

Leyendo esta tarde una magnífica antología de textos clásicos, me he topado con el fragmento de Ovidio que refiero a continuación, y que me gustaría entendiesen como una pequeña introducción antes del próximo artículo, protagonizado por este maravilloso escritor romano.

En este texto de sus Tristes, Ovidio describe su última noche en Roma y su partida de la urbe, en el momento de marchar al exilio en el Ponto decretado por el emperador Augusto. Espero aprecien la calidad de las tristes palabras de Ovidio y les guste como presentación de la extraordinaria obra de este autor.

"Cuando se me representa la imagen de aquella
tristísima noche que fue la última de mi permanencia
en Roma, cuando de nuevo recuerdo la noche en
que hube de abandonar tantas prendas queridas, aun
ahora mis ojos se deshacen en raudales de llanto. Ya
estaba a punto de amanecer el día en que César me
ordenaba traspasar las fronteras de Ausonia; ni la
disposición del espíritu ni el tiempo consentían los
preparativos del viaje, y un profundo estupor paralizaba
mis energías. No me cuidé de escoger los siervos,
los acompañantes, los vestidos y lo que
necesita quien parte al destierro; estaba tan atónito
como el hombre que, herido por el rayo de Jove,
vive y no se da cuenta de su vida. Así que el exceso
del dolor disipó las nubes que ofuscaban mi mente
y comencé a recobrar los sentidos, resuelto a partir,
dirijo las últimas palabras a mis inconsolables amigos,
que de muchos sólo me acompañaba alguno
que otro: mi esposa, mezclando su llanto con el
mío, me sujetaba en los tiernos brazos y anegaba en
ríos de lágrimas las inocentes mejillas. Mi hija, ausente
en la tierra lejana de Libia, no podía conocer
mi suerte fatal. Adondequiera que volvieses los ojos
no verías más que llantos y gemidos; todo presentaba
el cuadro de un luctuoso funeral. Mujeres, hombres
y niños me lloran como muerto, y no hay
rincón en la casa que no se vea anegado de lágrimas.
Si es lícito comparar los grandes sucesos con los
pequeños accidentes, tal era el aspecto de Troya en
el momento de su caída. Ya cesaban de oírse las
voces de los hombres y los ladridos de los perros, y
la luna regía en lo alto del cielo los nocturnos caballos;
yo, contemplándola, y distinguiendo a su luz el
Capitolio, cuya proximidad de nada aprovechó a
mis Lares, exclamé: 'Númenes habitadores de estas
mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán
a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en
la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi
postrer salutación. Aunque embrazo tarde el escudo
después de recibir la herida, no obstante libertad ni
destierro del odio que me persigue, y decid al varón
celestial el error de que fui víctima, no vaya a juzgar
mi falta un odioso crimen. Lo que vosotros sabéis,
sépalo asimismo el autor de mi castigo; porque
aplacando a este dios, ya no puedo llamarme desdichado'.
Tal plegaria dirigí a los dioses; mi esposa
estuvo más insistente y entrecortaba con los sollozos
sus palabras. Postrada ante los Lares y los cabellos
en desorden, besó con sus trémulos labios los
fuegos extintos y elevó a los adversos Penates cien
súplicas que no habían de reportar ningún provecho
a su desventurado esposo. Ya la noche precipitando
los pasos me negaba toda dilación, y la Osa de Parrasio
había vuelto su carro. ¿Qué hacer? El dulce
amor de la patria me retenía, mas esta noche era la
última de mi estancia en Roma. ¡Ah!, ¡cuántas veces
viendo el apresuramiento de algún compañero le
dije '¿Por qué te apresuras? Piensa en el lugar que
abandonas y en aquel adonde corres precipitado'.
¡Cuántas veces, engañándome a mí mismo,
señalé otra hora más favorable a mi partida! Tres
veces pisé el umbral, y otras tantas volví los pasos
atrás, y mis tardíos pies revelaban la indecisión del
ánimo. Con frecuencia, después de las despedidas,
reanudaba de nuevo la conversación, y como si ya
me alejase, di los últimos besos, reiteré los mismos
mandatos y procuré engañarme contemplando las
prendas queridas de mi corazón. Por fin exclamé:
'¿A qué tal premura? La Escitia es adonde me destierran,
y tengo que abandonar a Roma; una y otra
justifican la demora. Vivo aún, me arrancan por
siempre de los brazos de mi esposa, de mi casa y de
los miembros fieles a la misma. ¡Oh dulces compañeros
a quienes amé con amor fraternal, oh corazones
unidos al mío con la fidelidad de Teseo!, os
estrecharé con efusión, ya que se me permite; pues
acaso no vuelva a hacerlo jamás: quiero lucrarme de
la hora que se me concede'. Llega el momento, dejo
sin concluir las palabras y abrazo a los seres queridos
del alma. Mientras que hablo y lloramos, el lucero
de la mañana, estrella funesta para mí,
resplandeció en el alto firmamento. Me separo con
esfuerzo como si me arrancasen los miembros y mi
cuerpo se rompiese en dos partes; de tal modo se
dolió Metio cuando los caballos vueltos en sentido
contrario le despedazaron en castigo de su traición.
Resuenan entonces los clamores y gemidos de todos
los míos y se golpean los pechos con violentas manos.
Entonces mi esposa, arrojándose a los hombros
del que partía, mezcló con sus lágrimas estas
tristes palabras:'No puedes separarte de mí; partiremos,
¡ah!, partiremos los dos juntos; te seguiré, y
mujer de un desterrado, me desterraré igualmente.
Tu camino se abre para mí, los últimos confines me
recibirán y no seré pesada carga en tu nave pronta a
zarpar. La cólera del César te ordena salir de la patria,
el amor que te profeso, sí, el amor será mi César'.


(I) Imponente imagen del Foro Romano.

lunes, 20 de octubre de 2008

Influencia de Horacio y Catulo en Marcial

Comentaba ya varios artículos atrás la trascendental influencia de unos autores sobre otros a lo largo de la historia de la literatura grecolatina. Antes hablaba de dos poetas de distintas civilizaciones, la griega y la romana, separados por casi cinco siglos y medio de historia; hoy me referiré a tres maravillosos autores dacerca de los que ya he escrito, por lo que, para datos biográficos y de estilo, les remito a artículos anteriores:

Introducidos ya los magníficos escritores, les dejo ya sin más preámbulo con los magníficos versos.

Para empezar, recordemos los célebres versos del romano Catulo, en aquella poesía amorosa dedicada a Lesbia, joya de la lírica donde las haya.

"Me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos
tuyos me sean suficientes,
cuántos me sean demasiados.
Cuan gran número de arena de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicio plena,
entre el oráculo del ardiente
Jove y el túmulo del viejo Bato;
o cuantos astros nos ven, al callar
la noche, enredados en amoríos;
solo esa cantidad satisfará
a Cátulo el loco, y demasiados
serán, y afortunados,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos"
.


Y ahora, el interesante epigrama de Marcial dirigido a Diadúmeno, en el que incluso se hace una mención explícita a Catulo:

"Dame besos apretados, Diadúmeno. '¿Cuantos?', me preguntas.
Me pides que cuente las olas del Océano,
las conchas dispersas por las orillas del mar Egeo,
las abejas que revolotean por el monte cecropio
y los gritos y los aplausos que resuenan en el teatro abarrotado
cuando el pueblo ve de repente el rostro del César.
No quiero todos lo que Lesbia le dio al sonoro Catulo,
cuando se los pidió. Pocos desea quien puede contarlos"
[epigrama 34 del libro VI].

Por otra parte, hemos de recordar la célebre frase Horacio, carpe diem, llamada a convertirse en todo un tópico literario, con especial importancia en versos renacentistas como los de Garcilaso de la Vega. Sin embargo, ya en el texto de Marcial -y en otros muchos autores de la época romana- encontramos claras referencias al carpe diem.

El texto de Horacio en el que aparece la citadísima frase es una de sus odas, concretamente la número once. Aún así, no hay que olvidar que no es el único fragmento de este autor en el que se trata este tópico.

"No investigues, pues no es lícito, Leicónoe, el fin que ni a mí
ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
no te entregues. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
que destroza el Mar Tirreno contra las rocas, prudente
sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza contén.
Mientras hablo, el tiempo celoso ya habrá escapado:
goza del día y no jures que otro igual vendrá después".

Existe una cierta polémica acerca de la traducción figurada de este último verso, Carpe diem, quam minimum credula postero, por lo que destaco que me he servido de la versión de Manuel Fernández-Galiano.

En este epigrama de Marcial vemos la influencia del tópico, con una evidente y sustancial variación en el estilo del poeta:

"Dices, Póstumo, que tú vivirás mañana, siempre mañana.
Dime, Póstumo: ¿cuándo va a llegar ese mañana?
¿Cómo de lejos, y dónde, está ese mañana? ¿Dónde hay que buscarlo?
¿Está escondido, quizá, entre los partos y los armenios?
Este mañana debe tener ya la edad de Príamo o Néstor.
Dime: ¿por cuánto se puede comprar ese mañana?
¿Mañana vivirás? Ya es tarde, Póstumo, vivir hoy:
el sabio, Póstumo, es el que vivió ayer"
[epigrama 58 del libro V].

(I) Escultura de Eros/Cupido.

domingo, 19 de octubre de 2008

Humanitas

Releyendo ayer las Noches áticas, de Aulo Gelio, me fijé de nuevo en el fragmento cuyo título da nombre al artículo de hoy.

Para comenzar, me parece importante comentar que Aulo Gelio fue un prolífico escritor romano del siglo II d.C., nacido aproximadamente en la década del 130 d.C. y fallecido cuando contaba cerca de cincuenta años. Su obra recibió el nombre de Noches Áticas; la justificación de tal título la hallamos en el prólogo a sus escritos y me parece interesante transcribirla:

"Por tanto, hemos reproducido en estos comentarios la misma disparidad de asuntos de las anotaciones originales, concisas, sin elaborar y carentes de orden, tal y como las habíamos tomado de lecciones y lecturas varias. Y, dado que comenzamos a disfrutar con la reunión de estos comentarios durante las largas noches invernales en la campiña ática, como ya dije antes, por eso le pusimos simplemente el título de Noches áticas, evitando imitar las agudezas de los títulos que muchos escritores de una y otra lengua han puesto a este género de obras, pues aquellos que han recorrido a una doctrina variada, miscelánea y, por así decirlo, 'confusánea', han puesto también por ello títulos rebuscadísimos, acordes con este parecer".

Las Noches áticas son una colección de anécdotas y datos acerca de temas tan dispares como la filosofía, la sociedad, el derecho, la adivinación,... Algunos escritores se han decidido a considerar a Gelio como una suerte de predecesor del ensayo moderno, pero otros replican a los primeros afirmando que los escritos del autor romano no reúnen algunos de los requisitos para ser incluidos en este género. En total, Aulo Gelio escribió veinte libros de sus Noches áticas, aunque hoy día no conservamos el octavo.

Completada la introducción, aquí les dejo el interesante texto, que Gelio incluye en la parte de su obra dedicada al lenguaje y a los juegos de palabras:

"Humanitas no significa lo que vulgarmente se entiende, sino que sólo utilizan la palabra con propiedad los que hablan de manera pura.

Aquello que crearon la lengua latina y quienes la han usado con propiedad no quisieron que humanitas fuera aquello que vulgarmente creemos y que entre los griegos se llama filantropía, con el significado de cierta virtud que conlleva la benevolencia hacia los hombres. Muy al contrario, aquellos llamaron humanitas [...] a lo que se refiere a la formación e instrucción en las artes liberales. Quienes sienten franco interés y deseo por tales disciplinas, éstos son propiamente los más humanistas. El cultivo y aprendizaje de estas disciplinas recibió el nombre de humanitas porque de entre todos los seres vivos tan solo le fue dada a los seres humanos.

Así las cosas, casi todos los libros testimonian que los antiguos ya hicieron uso de esa palabra y, en especial, Marco Varrón y Marco Tulio Cicerón. Basta, pues, con ofrecer entretanto un solo ejemplo. Por ello, puse las palabras de Varrón tomadas del libro primero Sobre las cosas humanas, cuyo comienzo es el siguiente: 'Praxíteles, quien a causa de su excelente talento artístico no es desconocido para nadie que sea un poco humanista. El término humanista no se refiere, como se dice vulgarmente, a una persona afable y benévola, incluso aunque sea lega en cuestiones literarias -no sería congruente con el texto citado-, sino a un individuo lo suficientemente leído e instruido como para conocer, gracias a los libros y a la historia, la importancia de Praxíteles".

Aulo Gelio menciona en su texto al gran escultor griego Praxíteles. Me confieso una verdadera enamorada de las obras que han sobrevivido de este artista y no me resisto a colocar la foto de una de las más conocidas, todo un símbolo del arte grecolatino.


Una pequeña curiosidad: En la Edad Media se hablaba de "las siete artes" y en las universidades, lo que nos sitúa en un período más cercano al Gótico que al Románico, se enseñaban éstas divididas en dos grupos: el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica) y el Quadrivium (Aritmética, Música, Geometría y Astronomía).

(I) Hermes con Dionisos niño en brazos, escultura atribuida a Praxíteles.

jueves, 16 de octubre de 2008

Comercio en Roma

Ya en el período de la Monarquía (753-509 a.C., siempre de una manera aproximada), momento en el que la economía en Roma giraba en torno a un sistema basado en actividades como la agricultura, la ciudad formaba parte de una importante ruta comercial que pasaba por territorio itálico: la ruta vinculada con el comercio de la sal de la que hablan fuentes antiguas. Sin embargo, el gran momento del comercio romano se situó en la República (más cerca de los siglos finales que de los iniciales) y en el Imperio (concretamente en el Alto Imperio, decayendo un tanto posteriormente). A Roma llegaban mercancías tanto por tierra como por mar. En el comercio por tierra, las calzadas fueron un elemento clave y en buena parte responsable de la magnitud de estos intercambios. Los romanos construyeron una amplia red de vías de comunicación a lo largo de buena parte de su Imperio, sobrepasando los 8.000 kilómetros en total. En España todavía se conservan restos de las calzadas romanas, que en su día unieron a importantes ciudades como Tarraco o Caesaraugusta.


Dado que las calzadas transcurrían a veces por terrenos con ligeras elevaciones o se hacía necesario el cálculo de ángulos, los romanos empleaban diversos instrumentos, como la groma o el dioptre, para favorecer el correcto trazado de la vía. Entre las calzadas romanas más celebres, encontramos la Vía Apia, construida en torno al año 312 a.C. y diseñada por el genial Apio Claudio, situada en la Península Itálica. Todavía hoy puede verse; aprovecho para recomendarla a todo aquel que se disponga a visitar Roma.


Por otra parte, el comercio marítimo cobró una gran importancia -incluso mayor que la del comercio terrestre-, en especial cuando Roma obtuvo el control de buena parte del Mar Mediterráneo -el Mare Nostrum-. A lo largo y ancho de este mar se llevaba comerciando ya más de una docena de siglos, siendo los fenicios, por ejemplo, unos grandes navegantes. En Roma era de suma importancia el puerto de Ostia, al que afluían mercancías de diferentes lugares. En otras ciudades del Imperio -la africana Leptis Magna, por ejemplo- se establecieron importantes enclaves portuarios. En los barcos viajaban cargamentos de vino, aceite, trigo, telas, maderas y otros productos procedentes de distintas partes del Imperio. La nave comercial romana es muy semejante a la griega, aunque sufre algunas modificaciones, concretamente en la vela.


Roma tuvo contactos comerciales con culturas y civilizaciones considerablemente alejadas de esta gran ciudad. Por ejemplo, hay vestigios de la presencia de grupos de comerciantes en la India y se conocen distintos productos procedentes tanto de esta región como de Arabia. De interés son las aportaciones de China, la cual exportaba la celebérrima seda a través de la Ruta que lleva el nombre del producto. Encontramos referencias, sostenidas como veraces por numerosos historiadores, a una embajada romana enviada por Marco Aurelio en el 166 a la capital del Imperio Chino. Algunos estudiosos consideran este dato como objeto de dudas, cuestionando en primer lugar que fuese el emperador quien enviase a los comerciantes y sustituyendo esta idea por la hipótesis de que estos acudiesen por propia voluntad. Por otra parte, también se baraja la posibilidad de que no se tratase de Marco Aurelio, sino de otro emperador de la dinastía Antonina. Además, hay que tener en cuenta que no hay fuentes romanas conocidas que mencionen la célebre embajada, por lo que los datos que poseemos proceden únicamente de textos chinos, lo que motiva que el contraste de la información sea imposible.



Finalmente, me parece importante recordar la manera en la que distintas actividades relacionacionadas con el comercio -incluyendo también la pesca o la artesanía con fines comerciales- han quedado bellamente ilustradas en relieves y mosaicos. Con el objetivo de mostrar estos maravillosos vestigios de la vida y la sociedad romana, coloco unas cuantas imágenes escaneadas de unas láminas que ya había dado por perdidas, pero que deseaba utilizar para el blog desde hace ya tiempo.

Un carretero conduce un transporte tirado por bueyes en un relieve.

Una animal es subido a bordo de un barco en un colorido mosaico.

Relieve en el que figura una transacción en un puesto comercial.

Transacción en un puesto comercial; relieve situado en una basílica romana.

Mosaico con dos pescadores ocupados en su labor.

(I) Mapa de las vías romanas en Hispania con las principales ciudades señaladas.
(II) Mapa del trazado de la Vía Apia y de la Vía Trajana (para verlo con claridad, pulsen sobre la imagen).
(III) Mapa aproximativo del comercio marítimo en tiempos del Imperio Romano.
(IV) Ruta de la Seda a través de la historia.

Incitatus, el caballo de Calígula

Leyendo el otro día una interesante guía acerca del mundo del caballo, me acordé repentinamente del famoso animal de Calígula, cuyo nombre, Incitatus, ha pervivido en las páginas de uno de los biógrafos clásicos más citados, aunque se dude de la veracidad de alguno de los datos que incluye en sus escritos: Cayo Suetonio Tranquilo.

Poco conocemos de la vida de Suetonio, como no sea el año aproximado de su nacimiento, el 69 d.C. o la identidad de algunos de sus protectores y amigos. Por ejemplo, tuvo una buena relación con Plinio el Joven y es mencionado en algunas cartas de éste último. Murió cerca del 140 d.C., ya retirado de la vida pública. Es necesario mencionar que las fechas incluidas son meramente orientativas y que se cuestiona su historicidad.

Sin embargo, la obra de Suetonio, Vida de los Doce Césares, es sumamente conocida y mencionada muy a menudo junto a otros como Cornelio Tácito. Se cuestionan algunos de sus fragmentos, en buena parte porque el autor se informa por terceros, ya que habla de personajes como Cayo Julio César o su hijo adoptivo Augusto, momento en el que los padres del biógrafo quizá no hubiesen nacido todavía. De sus escritos se han extraído algunas de esas celebérrimas frases atribuidas a emperadores, como "Que me teman, con tal de que me respeten", de Calígula o "Qué gran artista muere conmigo", de Nerón (traducción y sentido cuestionado por historiadores como Edward Champlin). No hace falta mencionar el hecho de que las citas no deben de considerarse veraces al cien por cien, ya que nada se puede asegurar acerca de ellas.

Suetonio nos habla del cariño enfermizo que Calígula parecía sentir hacia su caballo Incitatus en su Vida de Calígula. El dato es cuestionado, aunque no me negarán que, como anécdota, se trata de un episodio interesante.

"Quería tanto a un caballo que tenía llamado Incitatus, que la víspera de las carreras del circo mandaba soldados a imponer silencio en la vecindad, para que nadie turbase el descanso de aquel animal. Hizo construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de perlas; le dio casa completa, con esclavos, muebles, y todo lo necesario, para que aquellos a quienes en su nombre invitaba a comer con él, recibiesen magnífico trato, y hasta se dice que le destinaba el consulado".


(I) Imagen de un hermoso caballo.

domingo, 12 de octubre de 2008

Influencia de Safo en los versos de Catulo

Leyendo el último artículo de la bitácora Carissima Helmantica, he recordado el paralelismo existente entre una poesía de la gran Safo y otros versos del romano Catulo, al que ya me he referido anteriormente. Considero que los escritos de tan grandes poetas deben tener su lugar en este blog.

A modo de breve introducción, me parece importante realizar un pequeño apunte biográfico acerca de los dos autores protagonistas del artículo.

Safo fue una poetisa griega nacida en la isla de Lesbos en torno al año 600 a.C. (se barajan fechas cercanas al 612 a.C., mas el dato no está completamente claro). De su vida tampoco tenemos completo conocimiento; por medio de sus poemas se ha deducido que enseñó a varias muchachas disciplinas relacionadas con el mundo de la poesía y la escritura, en honor de las cuales escribió varios himnos nupciales.

Mucho se ha escrito acerca de la relación que Safo sostenía con estas jóvenes; en algunos de sus versos se transluce una atracción amorosa que ha llevado a escritores posteriores, como el hedonista Anacreonte, a hablar de inclinaciones homófilas. Hoy en día, de hecho, empleamos el término 'lesbiana' (nótese la relación con la isla de Lesbos, patria de Safo) para referirnos a las mujeres homosexuales. Por otra parte, también aplicamos el adjetivo 'sáfico' a esta clase de amor.

Sin embargo, algunas fuentes señalan que Safo llegó a casarse, e incluso a tener una hija, llamada Cleis. La mayor parte de los historiadores se decantan por la posibilidad de que la poetisa falleciese ya anciana, pero la leyenda alimentada por algunos autores narra que se arrojó desde un acantilado, a causa de un desengaño amoroso. La veracidad de este dato es muy discutida y prácticamente se considera ficticio.


Safo fue la primera poetisa occidental conocida. Sus poemas pertenecen al género lírico en su período inicial (junto a los de otro poeta del que se cree que fue amante o, al menos, amiga: Alceo), pese a que tuvo predecesores. Escribió versos amorosos dirigidos a muchachas, pero también algunos cantos nupciales o un hermosísimo himno en honor de Afrodita. De su producción literaria no conservamos, lamentablemente, más que unos seiscientos versos, aunque no se descarta la posibilidad de que puedan llegar a aparecer más, pues se sabe que ella compuso en su día un considerable número poemas. Conocemos buena parte de estos textos gracias a citas y traducciones tardías, lo que nos perjudica un tanto a la hora de encontrar los versos originales.

En relación a Catulo, no puedo menos que remirtirles a un par de antiguos artículos acerca de él: Catulo, poeta pasado y presente y Poemas de Catulo.

Completada ya la presentación, les dejo los dos poemas de los autores mencionados. En primer lugar coloco el de Safo y, a continuación, el de Catulo. El paralelismo puede apreciarse con claridad.

"Me parece que es igual a los dioses
el hombre que se sienta junto a ti
y desde tan cerca te oye hablar dulcemente
y sonreír de esa manera tan seductora.
Sí, esto aterra mi corazón dentro del pecho,
pues tan pronto te miro un instante,
me es imposible decir una sola palabra,
se me traba la lengua,
un fuego sutil irrumpe bajo mi piel,
nada veo con mis ojos y zumban mis oídos,
me cae a raudales el sudor y todo mi cuerpo tiembla,
me vuelvo más verde que la hierba, desfallezco
y me parece que poco me falta para morir" [Safo].

"Que es igual a los dioses me parece aquel
(y que supera a los dioses, si es lícito)
que sentado frente a ti, sin cesar
observa y escucha como ríes con dulzor;
lo que me arrebata los sentidos, mísero:
Lesbia, en cuanto te veo, ya no me queda
ni un hilo de voz, la lengua se me torna torpe,
y a manar comienza una llama bajo mis miembros;
me zumban los oídos
y una noche doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es muy molesto;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices" [carmen LI, Catulo].

Una pequeña nota: No hay mucha bibliografía acerca de Safo en castellano, pero no me resisto a recomendarles el libro "La novela de Safo", de Alexander Krislov. Es una novela 'histórica' (pongo el vocablo 'histórica' entre comillas puesto que el autor incluye abundantes anacronismos y reinterpreta la figura de Safo a su manera independizándose un tanto de lo que se considera la realidad histórica; por ejemplo, Krislov obvia por completo el matrimonio de Safo y presenta un desenlace en el que ésta se suicida tras ser rechazada por una joven poetisa) en la cual se narra la vida de la poetisa, inciendo constatemente en los sentimientos y emociones de la escritora (Alexander nos presenta a una Safo muy humana y, al mismo tiempo, casi divina) y en su faceta de creadora y amante de la poesía, intercalando fragmentos de la obra de Safo a medida que avanza la narración.

(I) Safo escucha recitar al poeta Alceo en un cuadro de Lawrence Alma-Tadema.

martes, 7 de octubre de 2008

Beatus ille (Feliz aquél)

Les dejo hoy uno de los poemas a mi juicio más hermosos del autor clásico Quinto Horacio Flaco. Se trata posiblemente de uno de sus épodos más conocidos, pero no por ello dejo de ver necesario recordarlo en este blog. En sus versos, Horacio ensalza las beldades de la vida e el campo, invocando una existencia un tanto utópica con fuerte reminiscencias al pasado. El beatus ille se convertirá luego en uno de los tópicos literarios del Renacimiento, junto a otros como el carpe diem (también de Horacio, en él que se conmina al lector a aprovechar al máximo el momento presente).

Para consultar la biografía del poeta, les remito a un antiguo artículo sobre sus composiciones satíricas.


En la época del autor, las primitivas explotaciones agrícolas, en general meras granjas en las que trabajaba la familia y unos cuantos esclavos (recordemos la historia del héroe que deja sus bueyes y su casa para tomar el mando de la ciudad y que, una vez cumplido su importante cometido, regresa a sus campos), habían sido sustituidas casi en su totalidad por latifundios, convirtiendo la agricultura en un sistema distinto al anterior y prácticamente monopolizado por la mano de obra barata y fácilmente reemplazable procedente de la esclavitud.


Feliz aquél (Beatus ille)

Feliz aquél que, lejos de ocupaciones,

como la primitiva raza de los mortales,

labra los campos heredados de su padre

con sus propios bueyes,
libre de toda usura,
y no se despierta, como el soldado,

al oír la sanguinaria trompeta de guerra,

ni se asusta ante las iras del mar,
manteniéndose lejos del foro

y de los umbrales soberbios de los ciudadanos poderosos.
Así pues, ora enlaza los altos álamos

con el crecido sarmiento de las vides,

ora contempla en un valle apartado

sus rebaños errantes de mugientes vacas,

y amputando con la podadera las ramas estériles,
injerta otras más fructíferas,

o guarda las mieles exprimidas en ánforas limpias,
o esquila las ovejas de inestables patas.
O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos
su cabeza engalanada de frutos maduros,

¡cómo goza recolectando las peras injertadas

y vendimiando la uva que compite con la púrpura,

para ofrendarle a ti, Príapo,

y a ti, padre Silvano, protector de los linderos!

Agrádale tumbarse unas veces bajo añosa encina,

otras sobre el tupido césped;

corren entretanto las aguas por los arroyos profundos,

los pájaros dejan oír sus quejas en los bosques

y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar,

invitando con ello al blando sueño.

Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante

apresta lluvias y nieves, ya acosa por un sitio
y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes

hacia las trampas que les cierren el paso,

va tiende con una vara lisa sus redes poco espesas,

engaño para los tordos glotones,

y captura con lazo la tímida liebre
y
la grulla viajera, trofeos que le llenan de alegría.
¿Quién, entre tales deleites, no se olvida

de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?


Resulta sorprendente comprobar la influencia de los autores antiguos sobre otros escritores posteriores. En este caso, la Oda a la vida retirada, de Fray Luis de León, es un magnífico ejemplo de este fenómeno.

Oda a la vida retirada

Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!       
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.            
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.                

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?              
¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.                 
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.         
Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido.            
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.               
Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.         

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.              
Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.            
El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido.             
Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.            
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.                   
A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.              
Y mientras miserablemente
se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.            
A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.




(I) Imagen campestre de Cantabria.

lunes, 6 de octubre de 2008

La sátira latina: Persio

Retomando una serie de artículos para mi vergüenza abandonados desde hace demasiado tiempo, dedico este post a la vida y obra de uno de los grandes satíricos de la historia de Roma, Aulo Persio Flaco.

Nacido en el año 34 de nuestra era, este escritor no produjo una obra extensa como hicieron otros autores clásicos, que, además, exploraron y llegaron a dominar diversos géneros. Persio, por el contrario, falleció siendo todavía joven, a la edad de 28 años (es decir, en el año 62). En general se acepta que la causa de su muerte fue la culminación de una enfermedad gástrica que llevaba años causándole molestias.

Persio no vio la luz por primera vez en una noble casa patricia de la ciudad de Roma, de capital importancia en el momento, sino que nació en el seno de una familia de orden ecuestre. Durante sus primeros años permaneció en su lugar de origen, una pequeña población ubicada en Etruria y llamada Volterra. Su padre falleció cuando él era aún un niño; uno de los hechos que suelen destacarse de su biografía es que la parte de la familia más cercana a Persio se componía de mujeres -su madre, hermana, tía-, a las que a su prematura muerte dejó buena parte de la herencia.

Con doce años se trasladó a Roma, lugar en el que continuó estudiando disciplinas tales como la oratoria, la retórica o la gramática junto al destacado maestro Lucio Anneo Cornuto. La influencia de este hombre sobre su joven discípulo es indudable; de él bebió Persio los idelales estoicos a los que tanto valor daría en su vida y en su obra. Una de las sátiras del autor está enteramente dedicada a su amado maestro, mientras que otra tiene como destinatario a uno de los amigos del poeta, Cesio Baso.

Persio no fue considerado ni en su época ni en las posteriores como un gran poeta o un célebre autor leído por abundantes personas -con abundantes me refiero, por supuesto, a un gran número de gentes dentro de las que tenían acceso a la educación y a los libros escritos-. Al contrario, su oscurantismo tantas veces mencionado o la falta de adornos literarios y estilísticos en sus poemas lo perjudicaron. Sin embargo, sus ideas morales, en las que insiste una y otra vez con un afán casi predicador, agradaron a algunos autores cristianos medievales, lo que en parte ayudó a que la escasa obra -seis sátiras- de este autor se conservase hasta hoy, a diferencia de lo sucedido, por ejemplo, con los poemas de Lucilio (el cual parece haber tenido, como menciona el propio Persio, una cierta influencia sobre este autor, que no podemos llegar a medir por carecer de los datos y textos precisos).

Complemento el artículo con unos cuantos textos extraídos de las sátiras de Persio:

"Véngame de aquí algún lector fervoroso de limpios oídos, no éste desvergonzado que se deleita bromeando sobre las sandalias de los griegos, y que se cree capaz de decirle a un bizco: '¡Bizco!', creyéndose una personalidad, porque andando con la cabeza levantada por el honor de una magistratura itálica siendo edil en Arezzo rompió unas heminas faltas de capacidad; ni el bufón que sabe burlarse de los números escritos en el tablero y de las figuras trazadas en la arena, pronto a gozarse de lo lindo si una petulante desvergonzada tira a un cínico de la barba" [sátira I].

"Pero la mayor parte de los nobles derramarán incienso de su naveta silenciosamente: No a todos es dado el levantar murmullos y humildes susurros en los templos y vivir diciendo en voz alta, para que lo oiga el extraño; pero en su corazón y entre dientes murmura: '¡Oh, si diera las boqueadas mi tío paterno, qué hermoso funeral!' y '¡Oh, si, con el favor de Hércules, me sonara a mí bajo el rastrillo una tinaja llena de plata' o bien 'Ojalá pueda yo quitar de en medio al pupilo, al que yo sucedo como heredero más próximo, pues tiene sarna y está hinchado por la amarga bilis. ¡Nerio ya es la tercera mujer que entierra!' ¿Para pedir esto con santidad por la mañana metes la cabeza dos o tres veces en el Tíber y purificas en el río las faltas de la noche?" [sátira II].

"Tú deseas lograr un patrimonio sacrificando un buey, y pides el favor de Mercurio con las fibras: 'Concédeme el dar prosperidad a mi cada, dame rebaños y cría a las ovejas'. ¿De qué forma, insensato, si en el fuego se te están derritiendo las entrañas de tantas novillas. Y, sin embargo, él está empeñado en vencer a fuerza de víctimas y de gruesas tortas exquisitas: 'Ya me prosperará el campo, ya me crecerá el rebaño. ¡Ya se me concederá, ya, ya!' Hasta que decepcionado y sin esperanza algunas, suspira el último céntimo en el fondo del arca" [sátira II].

"¡Oh, gran padre de los dioses! No castigues de otra manera a los crueles tiranos, cuando una atroz liviandaz, impregnada en bullente veneno, haya movido sus instintos: que vean la virtud y se consuman por haberla abandonado. ¿Acaso gimieron más los bronces del becerro siciliano y aterró más la espada, suspendida de los dorados artesonados encima de las cervices vestidas de púrpura, que si el infeliz se dice a sí mismo: 'Vámonos, vámonos derechos al abismo' y palidece por algo que su muy próxima esposa no sabe?" [sátira III].

"Yo, a decir verdad, no pretendo dar paso al humo para que mis páginas se hinchen con lúgubres tonterías. Hablamos en secreto: a ti, ahora, querido Cornuto, te doy a escudriñar mi corazón, por voluntad de la Musa, y me complace manifestarte cuánta parte de mi alma es tuya. Golpea, tú que eres inteligente en distinguir los sonidos enteros y el empastado de la lengua fingida. Por eso me atrevo yo a pedir cien gargantas, para exponerte con voz clara cuán profundamente te grabé en las entretelas de mi corazón, y para que las palabras te descubran por entero todo lo indecible que se oculta en mis fibras secretas" [sátira V].

Aprendiendo latín con los Monthy Phyton

Revisando hoy mis ejercicios de latín, me he acordado repentinamente de cierta escena de la película La vida de Brian, filme ya mencionado hace unas cuantas semanas. Sin más palabras que éstas, les dejo el vídeo en el que nuestro protagonista trata de hacer gala de su activismo político pintando mensajes ofensivos para Roma en las paredes, terminando envuelto en una rocambolesca lección de la hermosa lengua del Imperio Romano (aunque no creo que Brian le aplicase tal calificativo en medio de esta opresiva situación).